HENRI MICHAUX

No me había conocido ni me había visto ni me vería nunca. Pero Henri Michaux, poeta y pintor belga, declaró que yo estaba predestinado a ser pintado por él.

Reconocía que acudía a la pintura cuando era incapaz de expresar con palabras, versos o rimas, las obsesiones y desmesuras que le acometían. Yo era una de ellas porque habitaba en un malecón taciturno, vivía entre sombras y tinieblas y solamente la penumbra aliviaba mis amarguras.

Después de un periodo de vivencias nocturnas a las que sacrificó el espíritu del dolor, urdió mi retrato como el de un superviviente que renacía día a día del fondo del vertedero en el que se depositan los desechos de ese malecón infame.

Sobrevivía a base despojos, nunca me alumbraba la luz y recitaba salmos de amor y odio a la oscuridad. Y aunque me había rescatado del anonimato, no se lo agradecí pues la clandestinidad de la negrura era el único refugio para no perder la existencia.

Humberto y yo estábamos airados por no habernos permitido la entrada en la cloaca. Nos dijeron que se amparaban en el derecho de admisión para denegárnosla, lo que hasta entonces nunca había ocurrido. Ahora tendremos que caminar a la luz del sol y quedaremos ciegos, me increpó Humberto. Pero mía no era la culpa, había que buscarla en una religión intolerante que no transigía en que los sumideros fuesen un asilo para los habitantes del crepúsculo.





JOSÉ ÁLVAREZ VÉLEZ O LA SINFONÍA LUNAR

La fortuna y un oído en Babia me han deparado el conocimiento de un gran artista vasco y de una obra que no debería pasar tan desapercibida en los momentos actuales ni nunca.

Si el vacío no se puede pintar porque no es nada, sin embargo, José Álvarez Vélez sí puede llenarlo. Y lo ha hecho inundándolo del color múltiple y vaporoso con el que llenar nuestros deseos de vernos disueltos en esos torbellinos que roban la luz de sinfonías inéditas.

Su obra abstracta es única y tan mortífera y hambrienta que te permite vivir de ella y con ella, sin que necesite dar aliento a que todo lo opaco se haga transparente y a que los cielos no tengan donde residir si no es en sus espacios.

Sus manchas cromáticas no nos remiten a vaivenes de resentimiento o muerte, violencia o dolor, sino a conciertos de vida mesurada y a arterias y venas dotadas de una densidad de resplandor y penumbra, de anhelos deshabitados de tinieblas.

Álvarez Vélez, muy celoso de su obra como él mismo me ha reconocido, lo que no es de extrañar, deletrea un lenguaje que ama la vida, que la pinta con la obertura de nuevas notas que le son orquestadas a partir de una claridad que en principio sólo se desnuda para él y que para él es el cofre en el que atesora todo su caudal de magia imperecedera.

En conclusión, una gran gran obra que debe volver a estar expuesta en espacios públicos para disfrute de todo amante del arte.


Humberto pinta en el malecón seres sin cabeza. Al preguntarle la razón, me contesta que a ellas las ha dejado fuera para que sigan susurrándole. No lo he entendido pero también comprendo que es difícil adivinar la confesión que se establece entre el artista y su medio en una escollera que únicamente alimenta a barracudas.






ROBERTO FABELO

En esta ocasión he de comenzar con dos frases de la versada y lúcida Chantal Maillard. La primera es casi básica: "sin duda, el componente didáctico del arte estriba en saber elaborar cosas que han de ser recibidas con una sensibilidad inteligente". Y la segunda es más reveladora : "uno de los objetivos del artista del siglo XX era la de modificar la mirada".

Y con tal pretexto nos introducimos en la obra del gran artista cubano Roberto Fabelo, para cuya contemplación no es necesario ningún prolegómeno más ni tampoco un soliloquio desesperado.

En sus esculturas (enormes recipientes llenos de huesos, de utensilio de cocinas, de casquillos de balas, de desechos, etc., además de sus cucarachas humanoides) descontextualiza objetos y significados para imprimirles la verosimilitud artística de otros, que a través de esa metamorfosis se erigen en una declaración estética en defensa de la tierra, en un canto a la conservación y preservación de lo telúrico, y una mirada implacable sobre una humanidad más inclinada a la destrucción que a su exaltación.

En sus pinturas, por el contrario, ese género humano y animal se configura con una crueldad tierna, como un grupo de personajes, diría que arquetipos, obesos, histriónicos, deformes, tal que miembros de un orfeón de mudos que les toca cantar con la más fea.

Por eso, esos cuadros de texturas cromáticas tan ajustadas a lo representado son acordes con una línea expresionista derivada de una intencionalidad marcada por una historia ya marchita, en que lo esperpéntico abarca lo grotesco y lo extravagante.

Sin embargo, sus dibujos, de una técnica depuradísima, guardan una simetría de belleza clásica y de fantasía helenística (se me ha venido esta ocurrencia de repente), desarrollados sobre la base de un escenario del que el espectador debe disponer imaginariamente para encontrar en él la razón de esa quimera hecha realidad plástica.

Ante nuestra miseria y falta de medios, Humberto y yo, hoy, repartimos miradas en el malecón. Algunas son secretas, otras misteriosas; unas, insinuadoras, las más, seductoras, las menos, incitadoras; aquéllas, extenuadoras, éstas, acuciantes y sospechosas; las mejores, las intensas, las peores, las desesperantes. Al final se nos acercó un enviado del malecón que furioso procedió a nuestra expulsión por ser unos pervertidores. ¿De qué? nos preguntamos.Y en silencio nos dijimos que ya no quedan dioses capaces de perdonarnos y permitirnos beber un ron de penumbra.




MIRTA BENAVENTE




Esta artista argentina, Mirta Benavente, que conjuga distintos imaginarios y corrientes, en estas obras nos ofrece una revelación cuyo color es la fuente de una naturaleza obligada a visitarnos. Una visita que hace que la raíz de su conocimiento resida en nuestra mirada.




Es una geología u orogenia que nos conduce por pasadizos y recintos interiores que ahora han encontrado el momento de manifestarse al localizar un cerebro que procesa y unas manos que ejecutan sabiamente el destello, las sombras, los resplandores, las tormentas, los vientos que iluminan, las tinieblas que atraen, los abismos de clausura.




Nos deja contritos con este fulgor e irradiación, cualidades inherentes a la coronación plástica de una naturaleza que preserva lo infinito y nos concede a cambio la limosna de lo finito. Mirta, con su indudable habilidad expresiva, ha robado algo de ese eterno, lo ha dotado de poder y después ha conseguido que el reposo preciso sedimente lo creado.




Un habitante nonagenario del malecón nos cuenta a Humberto y a mí la historia de su construcción. El primero de la saga omnipotente ordenó poner las piedras, y cuando se acabaron dispuso la colocación de más obligando a sus habitantes a la realización de horas extraordinarias durante los sábados. El que le sucedió, al terminarse de nuevo los cantos, mandó fusilar a la mitad de los habitantes y forzó a la otra mitad a poner unos nuevos. El siguiente, como se le agotasen de nuevo, exige que se desmonten los últimos y se instalen delante. Y, por último, el actual resolvió que le pusiesen abanicos y los habitantes estuviesen danzando constantemente encima de los hoyos y zanjas para que no se viesen. Hasta hoy. Nosotros, en lugar de bailar, salimos corriendo.


DANIEL SANTOS


A uno le llega la carcoma repentinamente y por un malhadado juego del azar, que se erige en un hecho definitivo cuando su cuerpo la alberga sin que pueda hacer de ella esa catarsis tan necesaria en el arte. La que le oprime y le disgrega es una hija famélica del tiempo que unas veces se llama diabetes y otras hipertensión, o acaso insuficiencia o incluso limitación. Total, se me han quedado podados unos cuantos rumbos y abiertos ninguno.


Y por eso hablo de Daniel Santos, artista cubano y habitante de Monterrey, que, en esta obra, abre el abismo de la individualidad, la que carece de límites, ese romanticismo que reivindicaba después de tantos siglos la recuperación del yo, y con el yo el simbolismo, la imaginación, la fantasía, la quimera, hasta el delirio.


El gallo, encarnación ancestral de la hombría y la divinidad, es el atributo fiero que tutela la representación de la belleza femenina en un apocalipsis de lava, fuego, montañas y árboles que se mantienen verticales en el aire como una alegoría de la unión.


Con esas extensiones cromáticas casi veladas que parece que cuelgan en un iris flotante, la representación adquiere la condición de un vasto sueño que según se mira alcanza la dimensión de una plasmación tan palpitante que es capaz de engañarnos mediante el sortilegio de nuestra mirada.


No falta ninguno de los elementos que conforman una plástica surgida de los oscuros recintos en los que guardamos sigilosamente nuestros mitos, y que este pintor ha extraído para confortarse y confortarnos con esa exaltación y erotismo, brindándonos, sin ser furtivos, los que habrán de ser riesgos seguros y no calculados .


El malecón ha oteado el horizonte y ha comprobado como avanza uno de sus grandes enemigos. Nos encarga a Humberto y a mí -desgraciada elección- la redacción de los boletines informativos referentes a este suceso y para conocimiento general de sus habitantes.


El primero anunciaba en grandes titulares: "El antropófago antillano está a punto de desembarcar en el malecón, dispuesto a sumirlo en una nueva oleada de sangre".


Tres días después, sacamos otro que advertía: "El melifluo antillano continúa avanzando, pero se confía en su próxima detención".


Horas después nos veíamos obligados a informar lo siguiente (comenzamos a asustarnos): "El antillano ha entrado en el malecón".


Y el último no fue otro que: "Su Majestad Imperial y Real de las Antillas ha tomado posesión del trono que de derecho le corresponde".


Creo que dimos una lección de periodismo nunca imaginada, pero no nos quedamos a verificar tal éxito, por si acaso no contábamos con su beneplácito. Salimos por pies, ya haríamos reverencias en otra ocasión.

JOSÉ BEJARANO ALEGRE


Hace unos días todavía, y una vez más, me quedaba atónito ante el tríptico de la crucifixión de Francis Bacon, y ahora, al hilo de esta introducción, recuerdo el gran dramatismo de la pintada por Antonio Saura.


En el caso de esta obra del argentino José Bejarano Alegre, la efigie queda convertida en un elemento paródico de la muerte (de ahí la eficacia de su efecto plástico) ateniéndonos a esas líneas negras que dibujan la anatomía de una osamenta que no sabemos si se está riendo de sí misma (¿podría hacer otra cosa?).


Muerte y crucifixión se han aliado siempre y ahora también para la configuración austera, inmisericorde y hasta salvaje de una leyenda que desde hace siglos nos encadena a una condición de condenados, cuyo icono, por el contrario, fisonomiza un espíritu de rebeldía creadora, que hace de la estética la celebración de un rito de liberación.


Este pintor consuma, con su agudeza para hallar la forma que mejor se encuadra en un imaginario que únicamente necesita ver y ya no entender, otra obra en que la resurrección no es posible pero la extinción, sí, especialmente si lo sombrío se canoniza junto con lo argentino y su sangre.


Hoy es día de tránsitos en el malecón. No hay descansos ni silencios. Humberto y yo aparecemos como auténticos indígenas en busca de nuestra miel aunque esté salada. Se fragua en los pechos de una sirenas mulatas y conserva el sabor de su piel. Acabamos tan ahítos que ya no pudimos movernos durante siete noches y por el día engullíamos sombras en busca de perdón.

ISABEL PONS TELLO

Nunca considero apropiado definir y concretar lo que por definición es múltiple, pero diría que Isabel Pons Tello es una artista catalana de largo recorrido, tenaz en sus meditados empeños y tatuada en sus ojos con las implacables arrugas del tiempo.

Es muy difícil abordar la obra de esta pintora sin incurrir en lo que ya se ha dicho sobre ella, aunque intentarlo es como seguir apostando por lo que ya es una realidad que ha desafiado la magnitud de sus propios límites.

No es antropocentrismo ni teología lo que talla en sus trabajos (asideros muy recurrentes incluso ahora), tampoco es doctrina ni axioma (a lo que no deberíamos tender nunca), es simplemente una subjetividad que encuentra señales, signos, manchas, huellas, vestigios, símbolos, marcas, cicatrices, indicios, surcos, residuos y rastros, para someterlos a una labor de significación plástica hasta que dejar que el cúmulo de esas rugosidades y pliegues vestidos con galas densas e intensas de hondo cromatismo, infunda a nuestras miradas las claves de un acontecer que se hace arte a través de la poderosa magia nacida de una técnica de comunicación intransferible.

El conjunto de estos incesantes trabajos comprenden y abarcan parte de una vida determinada en que si tiene que haber misterios o incógnitas continúen así, y si tiene que haber evidencias y manifestaciones se entiendan en su justa medida, contexto y dimensión.

Humberto y yo estamos hartos de aventuras y sólo queremos machucar los confines de un malecón que cada día nos asedia más. El rumbo no acaba de sufrir variaciones y con tanto mapache irrumpiendo por estos dominios no nos queda ni un instante de reposo sin tener que asistir a actos teatrales que se desentienden de la náusea para mirarse el ombligo. Sin embargo, nos quedamos y compartimos con los macuaches gotas de ron y una gramática parda.






BENEDETTO CROCE

Afirma Benedetto Croce que la crítica es concebida por los artistas como un arisco y titánico pedagogo, que da órdenes caprichosas, impone prohibiciones y concede licencias, favoreciendo o castigando determinadas obras a su antojo. Y achaca la culpa a los artistas que no saben qué es la crítica y esperan favores que ésta no es capaz de concederles.

Pero discrepo de él -permítaseme tal insolencia- por la seguridad con la que manifiesta que ningún crítico puede convertir en artista a quien no lo es y que tampoco puede deshacer, abatir o menoscabar a un artista que sea artista. Los hechos y la historia dicen lo contrario y no es cuestión de poner ejemplos que todos tenemos en mente y que no sería piadoso traer a colación.

En cuanto a que los críticos sean o se consideren artistas fallidos, no deja de ser otro tópico más y un argumento carente de una verdad sustentada por circunstancias reales.

Y si hay una crítica que clasifica y tritura el arte, no es lo que me atrae; y si hay otra moralista, tampoco cabe en mi enfoque; y la hedonista, me apetece pero no convence; o la intelectualista, de tan hermética, vacía; o la psicológica, que separa el contenido de la forma, que más que inviable, es imposible.

En resumen, la mejor o peor crítica, vista desde el prisma de un malecón falto de afectos, es la que uno ve, siente y vive a partir de su propia formación humana y artística, su sensibilidad y sus sentimientos.

Humberto, cuando le hablé de él, nunca había oído hablar de Timur también llamado Tamerlán. Zais Vosifi, historiador árabe, escribía que allá donde aparecía Timur la sangre de los hombres se vertía a raudales y el cielo tenía el color de un campo de tulipanes. Amante apasionado del arte (¡qué paradoja!), la mitad del día la dedicaba a matar con la misma dedicación que se entregaba a la actividad artística. Y así nació la ciudad de Samarcanda, cuya belleza y perfección dirige el pensamiento del hombre hacia la mística y la contemplación (Ryszard Kapúscinski). ¿Podría llegar el malecón un día a seguir su ejemplo? Por si acaso nos callamos, no fuera a escucharnos, y seguimos nuestro camino en silencio entre trago y trago de ron.

Reproducciones de obras de Martín Pérez Irusta y Mark Rothko.



TEÓFILO BUENDÍA

  • Siempre hay un espacio que ocupa un vacío hasta que el escultor lo descubre, y al atraparlo se ve obligado a penetrarlo para intuir un cuerpo, un volumen, una forma, un ser o una realidad, en definitiva. Su conciencia es posicional en cuanto que se trasciende para alcanzar y hacer el objeto (Sartre).

    Teófilo Buendía, artista español, en esta obra, envuelta en un sutil misticismo, se posiciona y con ello libera a la madre o diosa Gea de las cadenas que la ataban a su prisión subterránea.


    La ha hecho resucitar y elevarse como un árbol solar que se bifurca a partir de un cilindro inicial y sin llegar a desprenderse de esa peana prisión donde quedan como testimonio las lacias cadenas. Ha dejado atrás una historia, ahora comienza la conquista de otra en la que la creación toma un rumbo distinto.


    Y de ahí que esa apertura inicial y cierre desemboque finalmente en un beso que simboliza las uniones que se dividen para complementarse en lo intrínseco, en lo que culmina toda fusión indeleble. Eso es o querría ser la madre tierra, sin duda.


    Creo que es una talla modesta, de ánimo reposado pero que exige al observador que se concentre en ella tal si fuese un ídolo de madera, después de haber sido la condena de un foso vacío de aire con grilletes.
  • La tragedia estaba anunciada pero mi amigo Humberto, tal era su pasión, no lo había advertido. Yo se lo auguré pero no puso el oído. Y le pasó lo mismo que al gran pintor georgiano Niko Pirosmanishvili que sólo pintaba pantagruélicas cenas que nunca llegaría a probar. Le pintó un retrato al gran amor de su vida, Margarita, con su boca enorme, sus ojos saltones, sus orejas colosales, para regalárselo. Desde entonces vivió solo y abandonado.

    Lo mismo hizo Humberto a su Lionela, pero añadiéndole dos senos asimétricos, un culo del tamaño de la isla y unas piernas para pisar enanos, con lo cual se encontró con lo que cabía esperar (menos él): improperios, insultos a su masculinidad, maldiciones, acusaciones, afrentas, un abandono furioso y si te he visto no me acuerdo. Lo recogí en el malecón al alba cuando iba enseñando el retrato a los babalaos allí reunidos, que creyeron que era una nueva diosa a la que dedicar un cenobio de proscriptos .











YVES TANGUY

¿Puede ser el surrealismo un estilo de vida? Yves Tanguy, surrealista de origen francés y antiguo marino que empezó a pintar después de la inefable impresión que le produjo un cuadro de Giorgio de Chirico, parece creerlo así.

De esta manera, gracias a su aparición, lo onírico se hizo más que nunca carne de lienzo y se manifestó ante nosotros, espectadores, como una ordalía que habría de probar nuestra inocencia o culpabilidad, según la mirada se sumergiese o no ante lo visto en su obra.

Navegaremos por paisajes oníricos infinitos, avistaremos formas inexistentes en la realidad y existentes en la metafísica del sueño, objetos, seres, maniquíes mecánicos, horizontes ilimitados que subvierten nuestra ancestral codicia de marcar límites, territorios, a lo que es nuestro.

Y nos rodearán gamas irisadas y translúcidas que configuran áreas hasta ahora desconocidas en nuestros estrechos ámbitos de luz, y que nos invitan a un naufragio por esos vastos páramos en los que el silencio es la voz que pinta y describe.

A Tanguy hemos de agradecerle que haya vivido y merced a ello nos haya enseñado lo que nunca sabríamos descubrir.

Las nómadas de Asia han arribado al malecón con sus camellos y su té. Estos buriatos, kamchatkos, tunguzos, ainovos, orochanos, koriakos, matacilíes, batiníes, ismailíes, mazdacos, monofisíes, bectashíes, nugdavidianos, sufíes, hurramitas, serbedarios, cadiríes y hurrufitas, uzbekos, tártaros, azerbaiyanos, chuvashos, turcomanos, bashkiros, kirguises, yakutios, dolganos, karalkapacos, kumykos, haguzos, tuvinos, uyguros, karachevos, chacasos, chulynos, altayos, balkarios, nogayos, turcos, shortos, karaímos y tofalos, quieren quedarse aquí, en nuestro sagrado infierno, sin que haya sitio para todos. No me imagino como acabará esto, le digo a Humberto, pero pintar este mestizaje tan surrealista sólo estaría a la altura de un ser polimorfista, al cual nunca he palpado ni entrevisto. Nos fuimos, entonces, por la penumbra confiando en que el malecón pondría un desorden tal que regulase lo indescifrable.

SERGIO BARRAGÁN ARÉVALO



Una foto aérea delata mi refugio existencial. Y aunque agudizo la mirada, lo extravío en ese efluvio que transita a lo largo de lo horizontal y que se camufla en un espacio que se reordena en cada segundo de una era de edificación.

Por consiguiente, la construcción pictórica nos ha de situar en el plano que necesitamos para vivir, que es el propio de un urbanismo anímico que forma, color, materia y geometría han diseñado conforme a los designios de una mente que huye de la ceguedad y del caos, que busca la clarividencia de un acomodo que nos proporcione respiro, descanso y espíritu.

Y Sergio Barragán Arévalo, pintor y arquitecto asturiano paisano mío, lo ha comprendido a la perfección. Pues lo ha esquematizado para que lo esencial despliegue su transformación entre recodos, esquinas y vueltas, entre puentes y vías, puertos y obeliscos. La rigurosidad de lo arquitectónico se ve inmersa en una panorámica que fusiona los recovecos, que no se esconden ni ocultan, con las densidades cromáticas de lo exterior, aquello que conforma nuestra guía por calles y avenidas.

Sergio lee en el espacio, y por ello hace confluir en él lenguajes que se citan y confiesan en parque y jardines, en miradas que se reconocen y señales que nos hablan según una versificación plástica que llega a abstraer emociones de nuestros paseos urbanos hasta poner en ellas un trozo de lo que somos y hemos sido.

Nos asaltan las euménides y erinias en el malecón. Humberto y yo nos hicimos los eunucos para salvarnos de la castración. Y no es por lo que se deja de tener sino por lo que duele. Tan desesperados son los gritos de las víctimas que salimos corriendo, para después, en su taller, cuando llegamos, ver claro que necesitábamos otra encomienda.

CRISTÓBAL GARRIDO LEAL


Dos recios candados aseguran un cortinaje detrás del cual flota una pleamar de silencio nuboso. La acuarela, en este instante, está surgiendo desde otras frondas distintas de las ya tópicamente habituales. Está a punto de romper esas cadenas mohosas sin que esos cerrojos puedan impedírselo a pesar de su fuerza.

Cristóbal Garrido Leal, artista tinerfeño, aborda con una experiencia pictórica consumada los resortes y recursos de una técnica que siempre está llamada a adquirir una vocación plástica de primer orden. Por eso, le ha conferido unas texturas y gamas cromáticas que renuevan la visualización de un plasma que se estaba repitiendo incansablemente. Él ha encontrado un hueco en los límites y lo ha agrandado, impregnándose con ello de la auténtica dimensión del artista.

Y después de esa ruptura viene la concreción de un mundo abierto hecho para caminar sobre un destino de ansias y voluntades, de tierras sin señalar y de ámbitos desnudos.

A mi amigo y pintor cubano Humberto Viñas y a mí nos toca hoy ser penitentes. Andando encapuchados damos un traspié tras otro pero nunca llegamos a caer porque hay una carne oscura que nos sostiene. Así recorrimos todo el malecón y acabamos el rezo. La contrición la perdimos en el viacrucis y ya no hubo perdón. Total, ya no hay quien pueda resucitarnos llegado el momento de la extremaunción.

RENÉ MAGRITTE

Después de haber entrado en vivo en la exposición de Francis Bacon en el Prado, uno queda desvestido de sueños, casi muerto y con la mirada ciega. Ya no es posible más que levantarnos sin vernos, cercados por una oscuridad de nazarenos, y aunque acercábamos nuestros rostros cubiertos nos era imposible reconocernos.

  • René Magritte, el gran artista surrealista belga, postuló una obra de hallazgos visuales ilimitados pero siempre teniendo a lo terriblemente humano como lo posible en una realidad sociotemporal imposible.
  • Su modernidad nos llega hasta hoy porque su autenticidad nunca ha sido puesta en duda y también es indudable que su escenografía plástica multiplicó microcosmos construidos en un perfecto ensamblaje de imágenes, espacios y tiempos.
  • Nos deja ver su hermetismo con la ironía de quien conoce el secreto vacío, ése que guarda una melancolía pura a la que presta un derroche óptico para evitar su extravío.
  • Nos visita Albert Camus en el malecón a mi amigo y pintor Humberto Viñas y a mí, y nos explica que no basta con vivir, nos hace falta un destino. Nosotros le respondemos que el nuestro ya es historia pasada, por eso estamos aquí esperando la muerte que acaricia entre ola y ola una tristeza que ya no nos abandona.

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MARKUS LÜPERTZ


Ya hemos dejado de ser guerreros, únicamente servimos para representarlos en sus tristes lechos y exponerlos, con toda su gloria pasada, ante la contemplación pública.

Markus Lüpertz, el escultor y pintor alemán, así lo ha hecho. Y no hay lamentos y sollozos por una inmortalización de un ser que finalmente perdió su naturaleza pero ganó un icono con el que celebrar la gloria de un funesto pasado.

Sentimos la fuerza de sus miembros y el patetismo de su cabeza, cuyos ojos a punto de cerrarse quisieran ver más allá de un futuro. Pero tal espejo no existe aunque su aparente forma esté ahí para confundirte.

Hoy el malecón estaba sumido en un éxtasis voluptuoso y al mismo tiempo bajo un espíritu adverso. ¡Esclavos, nos increpa él a mi amigo y pintor Humberto Viñas y a mí, el porvenir es la única especie de propiedad que os concedo de buena gana! Entonces, nos dijimos nosotros, es que ya no hay. El maldito farsante ya nos ha vuelto a engañar.

VIVENCIAS PLASTICAS

Noticias sobre Arte y Cultura: Boletín masdearte.com/no. 321 Madrid España

Arte desde Málaga: "Vincent Van Gogh"

Arte desde Málaga: "Vincent Van Gogh"

ALBERTO MAGNELLI


Alberto Magnelli, artista italiano que estuvo vinculado a Kandinsky, me permite ver en su obra lo que quiero ver.


Los planos no se confunden pero se penetran unos a otros, se dan vida siendo tan heterogéneos, y se cubren o se descubren con un cromatismo que es la sangre que los hace salir de su geometrismo impávido.


El pintor no les obliga a renunciar a su anatomía desordenada porque su disposición guarda fidelidad a una lógica interna que no tiene necesidad de revelarse.


No se necesitan ni códigos ni gramáticas, sólo un alfabeto que sepa conciliar un mundo de formas que se desean y precisan la compañía unas de otras.


Magnelli así lo ha entendido y así nos lo ha propuesto. Y si hay alguna frontera en nuestra percepción será la que miopemente establezcamos nosotros.


Cabalgábamos mi amigo y pintor Humberto Viñas y yo sobre unos ponis locos instantes después que nos habíamos dormido en un malecón que hoy estaba insomne y vengativo. Nos despertó un viejo de huesos carcomidos recién salido de la tumba que se anunció como Joseph de Maistre. Fijando sus cuencas vacías en nuestros ojos, nos dijo: "la tierra no es más que un altar inmenso en el que todo cuanto vive debe ser inmolado, sin fin, sin medida, sin descanso, hasta la consumación de las cosas, hasta la extinción del mal, hasta la muerte de la muerte". Después de eso ya no pudimos dormir durante varios días, nos quedábamos escuchando un amanecer que renegaba del momento en que decidió haber nacido.


ROBERT THERRIEN


Si el arte es un prontuario a descifrar, esta obra de Robert Therrien es su perfecto ejemplo, incluso va más allá.


Símbolo, jeroglífico, signo, o lo que sea, reduce el diálogo a lo mínimo, es decir, a encontrar una llave que abra una supuesta puerta. Nada más requiere.


¿Es suficiente? Sinceramente no lo sé. Yo no entreveo ninguna poesía visual aunque lo he intentado desde una posición remota. Y, en cambio, sí que conservo la intriga de lo que hay detrás de esa cerradura, si es que lo es, pues no dejo de pensar que es la pura nada de la que estamos hechos y en la que ya no queremos volver a mirarnos.


Quizás necesitemos ejercicios de introspección para encontrar en nosotros mismos las respuestas a este desafío estético. Yo, no obstante, me abstengo, no encuentro al padre espiritual adecuado.


Mi amigo y pintor Humberto Viñas y yo nos pasamos toda la noche en el malecón pensando en despojarnos de los Cuatro Viejos. Comenzamos por las viejas ideas que están demasiado ajadas y ya nos no sirven; después por la vieja cultura que, excepto algún desnudo, nos aburría; luego las viejas costumbres que siempre acababan en la cama y algunas veces debajo de ella; y al final los viejos hábitos que nos colgaban miserables pidiendo limosna. Teníamos que empezar algo nuevo en tanto la rumba bailase y el ron alumbrase las cenizas del alba.

TARSILA DO AMARAL


La obra de Tarsila Do Amaral, la eminente artista brasileña, está en Madrid con el fin de descorrer el telón que hasta ahora no nos había dejado percibir todo su trabajo.


Y cuando lo vemos, trabamos intimidad con el alma de un trópico en que cada ser o ente animal o vegetal que lo anima tiene una forma que se adapta a su condición.


Tarsila posee la intuición plástica precisa para que la inmensidad brasileña, exuberante o árida, pobre o rica, se vislumbre como la representación feraz de una tierra cromática en busca de un destino que la haga vivir para siempre.


Nos asombra su síntesis de modos y estructuras, su visión estilística centrada en persuadir a la imagen para que hable por sí misma y nos comunique a través suyo como ella ve Brasil.


Nuestra retina ha quedado invitada a esta teofanía de la tierra y el hombre y muestra su agradecimiento conservando su destello en una memoria que en esta ocasión no nos será infiel.


De noche en el malecón, mi amigo y pintor Humberto Viñas me dice que aún no se ha explicado la razón de que cohabitemos con estos habitantes desnudos de la penumbra, arrebatados y maltrechos, heterogéneos e ilusionados, que no aman canciones sobre los necesitados y cantan blasfemias en honor a la deidad que les martiriza.


Al ver a dos mulatas aladas, las obsequiamos con el ritual de la piel desnuda para que formen parte de las poseídas por la brisa fresca caribeña, a las que no se les envejece el corazón cuando desde el monte de Venus viajan hasta su Patagonia. Algún día nosotros, cuando ya no estemos ebrios, las acompañaremos.

LUCIEN FREUD


Yo no sé si he citado ya a Lucien Freud en este blog pero no importa, es un artista al que hay que volver ineludiblemente de vez en cuando.


Y la razón se debe a que es un pintor que nos redescubre el cuerpo de nuevo y nos enseña a verlo sobre todo desnudo, ofreciéndonos con ello una visión de la carne que nos facilita una percepción limpia, sin la trascendencia aparente de la que en realidad carece.


También nos muestra que somos circunstanciales, accidentales, con vocación indeseable de finitud, aunque la pintura parece mentirnos con una promesa de inmortalidad que no nos corresponde. Y los penetrantes ojos del artista hermanados con la mano y el pincel señalan una sensualidad que huele a sexo en trance de gangrenarse.


Nos vemos retratados como si ya estuviésemos muertos y evocásemos lo que la soledad y la vida nos hizo, y vislumbrásemos por medio de esta plástica de lo humano la representación de lo que está ya agotado, además de innecesario y roto.


El malecón llama a mi amigo y pintor Humberto Viñas y a mí a capítulo. Nos ordena la organización de una secta de fedayines para la defensa de su deidad. Serán los apóstoles guerreros del malecón. Y nos ilustró con las siguiente consignas: estricto secreto, selección de los mejores y adoctrinamiento.


Tras muchas jornadas de búsqueda quedó constituido el grupo con un tuerto, un ciego, un cojo, un manco y nosotros. Una vez presentes ante él, nos arengó: id y predicad.


Al cabo de mucho tiempo y peregrinaje, el tuerto se quedó sin el único ojo por ver más de lo que miraba; el ciego, de tanto andar, se perdió en el mar; al cojo le cortaron la otra pierna y acabó varado y penitente; el manco se devoró su otro brazo y se hizo mendicante; y nosotros, contaminados de pesares y efluvios, erigimos un altar a Venus para consolarnos con la cercanía y los alivios de sus sacerdotisas. Ya no pudimos hacer nada más, son aventuras que terminan con un timbal tocando a degüello.

MARTA PALAU (1934-2022) / CONGREGACIONES DE FUEGO

La catalana PALAU, recientemente fallecida, ha estado envuelta en los orígenes de una cultura autóctona y ancestral americana que ha marcado...