EDUARDO KINGMAN (1913-1997) / SOMBRAS Y SILENCIOS

  •  La iconografía de América Latina se ofrece gigantesca para realzar una humanidad que en su desamparo se ha quedado raquítica. De esos olvidos  de la cultura, la dignidad y la memoria surgen colosos como Guayasamin o como el también ecuatoriano KINGMAN, capaces de devolver al hombre del sur su dimensión de sufrimiento, soledad, miseria y derrota.
  •  Sin trampas ni cartón, esas figuras recaban la fuerza y energía del observador que contempla una cruda realidad sin fisuras, con la boca sellada y bajo una imaginación doliente y hasta incrédula.
  •  Ante un tratamiento pictórico tan magistralmente absoluto, el sujeto, en su fantasía, no busca el objeto ni su signo: aparece él mismo capturado por la secuencia de imágenes. El gesto rompe la alternativa entre medios y fines, presentando, propiamente, los medios como tales.   
  •  Subjetividad cargada de lente objetiva, al final ésta es más fuerte, más grande, más pesada y maciza, se amplifica, gana consistencia, espesor, hondura, se hace carne tan viva que convierte la sangre en capas de sustancias carnales trazadas con una profunda rima de poema físico y hambriento. 
  • Una obra que no tiene otra misión que dejar inolvidable lo que un rotundo y expresivo tiempo y arte mamaron entre impiedades y geografías ocultas.

  • Sombra y silencio para el paño póstumo,
  • la máscara final, la última mueca,
  • la postrera ilusión de nuestra farsa.
(Eliseo Diego).  

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