AUGURIOS


Mi amigo Humberto está preocupado y meditabundo, no ve como afrontar un futuro a partir de una edad que menoscaba, limita y cierra horizontes.


Yo le he dicho que Bellini, Ticiano, Hals, Guardi, Corot, Ingres, Monet, Renoir, Cézanne y Bonnard alcanzaron la cima a partir de los 60 años. No perdieron ni el instinto ni la sabiduría necesarios para captar un presente renovado y augurar un futuro entrevisto. Es una obra abierta, en constante evolución y transformación, que se alimenta con la fisonomía interior y exterior del entorno, con la ficción de lo que se ve en su perenne metamorfosis.


Bonnard escribe a los 66 años:

"Creo que cuando se es joven, el objeto, el mundo exterior es lo que entusiasma; uno se deja llevar. Más tarde es interior, la necesidad de expresar su emoción impulsa al pintor a elegir tal o cual punto de partida, tal o cual forma".


Goya tenía 66 años cuando, en 1.810, comenzó a grabar las 85 planchas de "Los desastres de la guerra". A los 70 años pintó "La carga de los mamelucos" y "Los fusilamientos". Baudelaire comenta que al final de su carrera, los ojos de Goya se habían debilitado tanto que, según dicen, había que afilarle los lápices. Y sin embargo, aún en esa época, hizo importantes litografías.


En definitiva, hay una obra siempre por hacer, por terminar, por darla por concluyente, cuando, por el contrario, al final, siempre está incompleta, no satisface, es el presentimiento del inicio de otra nueva que estaba latente. Es un proceso que sólo tiene fin con la desaparición o la total incapacidad del artista.


Mi amigo Humberto, a pesar de lo dicho, desconfía de sus fuerzas, del ánimo de su mano manca, de la cojera bailona que arrastra, del sol que quema en un malecón convexo de hipérboles morenas y labios rotundos.

La sed de ron nos dejó con augurios de habitantes que nunca salen de la penumbra.


SUDARIO


Este lienzo, "Genio y Figura", de mi amigo Humberto Viñas, pintor cubano con el que comparto memorias de ron en un malecón que ya dejó de ser pasto del tiempo, me acompaña como un sudario hasta mi último trance.

Y cuando mis cenizas sean depositadas en el cofre de madera que después surcará un mar prieto y carnal, esta tela recuperará vida para dejar testimonio de una finitud agónica, una edad desposeída, un existir con remiendos y un rumbo desconcertado.

Un ser de ojos a punto de cerrarse, con un corazón en tránsito de caerse y una virilidad en parihuelas, conforma una imagen que no puede quedar registrada en ninguna cámara, sólo un pintor la puede captar, pues es la angustia de mirar hacia lo alto sin la esperanza de otro destino.

El colofón lo pone la ninfa oscura que, al haberlo encontrado, vierte el contenido del cofre en su vientre, echada en la orilla, y al tocarlo y acariciarlo ya no podrá dejar de soñar.



VER


Antes que cualquier efecto o impacto -ya sea emoción o sentimiento- que la obra de arte haga repercutir en nosotros, los espectadores, nos cala la duda sobre nuestra capacidad perceptiva y la forma en que se ha originado y sobrevenido.


Es una disquisición que relaciono con el núcleo básico del arte: su potencial de representación, ya sea de objetos externos, ya de fenómenos mentales o internos. Partimos de la base errónea de que esta cuestión ya ha sido debatida, resuelta y superada, cuando no es así. Y no es así porque hay un déficit de ver, nuestra mirada sigue padeciendo carencias y continúa sin saber desentrañar el misterio y la magia que existen y se muestran en esa representación, es decir, que en la mayoría de los casos sigue estando miope.


Por lo tanto, hay que incentivar y estimular el esfuerzo para que nuestra capacidad perceptiva prosiga su formación, evolución y fortalecimiento, con vistas a ir descifrando esas claves sutiles inherentes a la naturaleza del arte que nos harán apreciarlo cada vez más y que nos inducirán a un reconocimiento de su originalidad, de su calidad de manifestación irrepetible.

Este lienzo, "Aroma ligado a la ausencia", de la mejicana Rocamora Ramírez Ocampo, postula la necesidad de esa aptitud a fin de poder valorar todo su caudal plástico.

En resumen, se ha pasado la noche en este discurrir y no pensar, en este malecón sediento, y todavía Humberto y yo estamos, al alba, sufriendo sin ron que un sol mestizo castigue a la mirada sin ver. Y ciegos y renqueantes buscamos la penumbra.

TEORIAS


A propósito de esta obra, "Invitación a la batalla", del artista colombiano Javier Bossa, me he planteado cómo reconozco una obra de arte o lo que yo considero que es un objeto artístico. Este empeño me ha llevado a reflexiones y conclusiones como las siguientes:


- No lo es en virtud de la actividad o de la forma en que se practica.


- Tampoco lo es por corresponder a una acción intencional, ni a un motivo, ni a un fin.


- Ni siquiera exclusivamente porque haya una tematización.


- Menos aún si conjuntamente se da el descubrimiento de una imagen y de su representación.


- También debe rechazarse si de lo que se trata es de que únicamente esté provista de cierto significado o un contenido o de un lenguaje.


- Y ha de desestimarse que lo es cuando responde exclusivamente a unos cánones, códigos, normas o convenciones.


Lo cierto y verdad es que he adoptado a mi modo la teoría institucional, que es la más aceptada y practicada interesadamente por lo que controlan este mercado, por la que la obra de arte sólo lo es en la medida en que yo le confiero ese reconocimiento. Y, por lo tanto, todo espectador tiene perfecto derecho -y así lo está llevando a efecto- a orientarse por sus propias hipótesis, creencias, criterios o inclinaciones en materia de arte.


Esta proposición es tan discutible como cualquiera de las descartadas más arriba y precisamente, dada esa incertidumbre, tan válida y útil como ellas.


En definitiva, construyamos nuestro imaginario bajo nuestras propias premisas y dejemos que el malecón habanero detenga la multitud de teorías que nos invaden. Y si algunas, debido a los grandes oleajes, rebasan el muro, tendremos que invitarlas a brindar con un vaso de ron.

DECADENCIA


Después de estar de lazarillo de la mano de mi amigo Humberto toda la noche en su taller, escasa pitanza pictórica obtuvimos. Cuatro trazos, cinco pinceladas, texturas fosilizadas, tramas con telarañas anónimas. En definitiva, las formas se nos escaparon, volaron o se diluyeron en el cáliz nocturno.


Ya al filo del amanecer nos pusimos en camino hacia el malecón y entre ron y ron meditamos sobre la decadencia que tan ingratamente se había mudado a su retina y a su delirante mente. Pero entonces recordé aquellas palabras de Thomas Mann:


"Decadencia también puede significar depuración, profundidad, ennoblecimiento; no tiene por qué tener relación con muerte y ocaso, sino que puede ser elevación, exaltación, perfeccionamiento de la vida".


Y esa evocación nos reconfortó tanto que lo celebramos con otro ron del oriente, mientras las peligrosas ondinas de piel chocolate nos intimidaban con aquellas caderas capaces de hacer exhalar un último suspiro a un difunto secular.


Por lo tanto, nos quedaban nuevas realidades que desentrañar, reflejar y desarrollar, pues hace falta, como apuntaba Bertolt Brecht, combatir las falsas innovaciones en unos momentos en los que se trata ante todo de que el hombre se limpie la arena que le han echado en los ojos.


Bien es verdad que mi labor de lazarillo sin paga en la creación de esta obra cumbre de la decadencia me libraba de ocasos borrascosos y níveas giselas de luna. Pero Humberto no se escapaba y había de pasarse el día debajo de la cama pidiendo perdón a una hada para evitar que lo convirtiese en culebra cetrina.

Cuando, después, volvíamos a estar juntos me decía: no hay mejor pincel que una piel que te habla y suspira.

MADRID ART


Ayer por la mañana visité el Madrid Art en la Casa de Campo. Fueron más de tres horas que resultaron extenuantes y agotadoras, porque además, aunque la afluencia no era demasiada, nunca consigues el reposo necesario para que la mirada capte toda la intensidad de lo que se ofrece.


Los abstractos y los matéricos corrían unos en pos de otros tal si se tratase de una carrera de galgos. Ràfols-Casamada, Angel Haro, Carlos García Angulo, Feito (esa competiviva lid entre el negro y el rojo, nuestros colores emblemáticos), Tápies, Saura (éste es algo mucho más hondo), Antonio Suárez, Esteban Vicente, José Guerrero, Canogar, José Manuel Ciria, Josep Guinovart, Alberto Reguera, Uiso Alemany, Antonio Bujalance (todo un descubrimiento por esas maravillosas y prodigiosas vistas desde el espacio; una geografía que hace al vértigo atractivo), Viola, Rudy Lanjouw, etc.

Capítulo aparte merecen Miró, ya muy visto y frecuentado, Barjola, Clavé, Agustín Ubeda y Manolo Valdés.

De Barceló se exponía uno de los cuadros más grandes pero no de los más significativos de su obra. Creo que su precio rondaba los tres millones de euros.

El alemás Stefan Hoenerloh hacía una propuesta de geografía urbana ensimismada en su propia soledad y decrepitud que ensombrecía la visión. Juan Genovés incitaba a adentrarte en un mundo en perpetuo movimiento, sin destino fijo, que a modo de tesis planteaba como una respuesta con incógnita.

Y cómo no, Gordillo, Fernando Botero y Karel Appel, sin olvidarnos de Pedro Txillida y Bonifacio.

Pero al final debo dejar constancia de una obra que impregnó mi imaginario, tan poblado de memorias de ultratumba, como fue la del pintor portugués Antonio Macedo, alegoría del hombre que se retrata sí mismo en un cementerio de huesos. Sólo le faltaba la botella de ron y un malecón para para bañarlos.

GLÚTEOS


Volvemos a hallarnos en el malecón a la anochecida, aparcados como dos vencidos en busca de un farol convicto. De cara al mar unas ninfas morenas en cuyos glúteos nunca se pone el sol, celebraban la fiesta del viento y la desaparición del huracán. Nosotros imaginamos que eran metamorfosis que cegaban la retina.


Entonces fue cuando mi amigo Humberto me dijo que los poetas muertos eran insaciables y que a pesar de haber bebido su alma, no tenía la visión trazada para la continuación de una obra que ayudara a descubrir nuevas dimensiones de la realidad. Debía descubrir como fuese su ritmo interno, su misterio oculto, la luz invidente y la oscuridad sin sombra. Y hacer que sus habitantes vivan en la tela con hambre y sed de existencia.


En ese momento la botella de ron llamó a retreta y nos encaminamos de vuelta, con tal mala suerte que al chocar (¡Atrévete, Humberto Viñas, atrévete!) su mano derecha con una de esas pedregosas nalgas, se le quedó rígida.


Ahora, igual que le aconteció a su querido Renoir, tengo que apretarle los tubos de color en la paleta y atarle a la articulación de la mano un pincel que sostiene con un dedal y dirige con el brazo.


Pero no importa, nunca será tan buen pintor como a partir de hoy, en que ha descubierto la desesperación. Palabra de Eros.

humbertovinas.artelista.com

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NADA


Desde la sombra del pequeño taller de mi amigo Humberto en Miramar espiábamos con cien ojos negros la penumbra. Pero ya era inútil, la luz se había vuelto a despertar y engalanaba a las mestizas de ébano con el color de la vida hecha danza.


Bajamos hasta el malecón y allí, entre sorbo y sorbo de ron blanco, desnúdabamos los demonios a caballo que se esconden en toda liturgia plástica. Y pensábamos que ya sólo quedaban osamentas, las que se van depositando en un suelo vivo que quiere salir del agobio, pintar otros moradores, trazar infinitas casas y colorear renovados barcos, y gozar en libertad del amor salvado.


Pero agotado el día, el malecón volvió a apagarse y nosotros desandamos el camino cabizbajos y en silencio, ya ebrios de debatir como pintar la nada.

¿Qué te hace sufrir, solitario,
pálido, desolado vagabundo?
Junto al lago se marchita el junco,
y el pájaro no canta.

Keats.

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VEJEZ


El artista, a lo largo de su trayectoria, emprende múltiples experiencias estéticas, innumerables ciclos, diversos inicios y heterogéneos finales, hasta alcanzar esa edad en que la decadencia física va dejando una lacerante huella en el imaginario plástico. Piensa que a él, hacedor de vidas plásticas, nunca le pasará.


Vejez y fealdad, vejez y declive, vejez y decrepitud, vejez y enfermedad, vejez y muerte. Constituyen los binomios decisivos de una existencia.


La Edad Media desdeñaba la decadencia humana, el Renacimiento exaltaba la juventud y belleza del cuerpo y juzgaba abominable la deformidad de los viejos.


Du Bellay escribió:

Señora vejez
No me ha dejado más que piedra en los riñones,
Gota en los pies y verrugas en las manos.


Destino biológico inapelable, la vejez, en un creador, es esa angustia por lo que todavía está por hacer, por dar a luz, por culminar la forma definitiva. Incrementa desesperadamente el ansia por dar fin a una obra que él mismo sabe que nunca se va a terminar.


Swift manifestaba que la vejez, además de decrepitud, es la soledad del exilio.


Y en el siglo XIX, Lamennais se preguntaba: ¿qué es un viejo? Un sepulcro andante.


Y en "Fin de partida", Beckett fustiga nuestra impotencia ante la degradación final.


Simone de Beauvoir confiesa; "la vejez es un destino, y cuando se apodera de nuestra propia vida nos deja estupefactos".


Y, por otro lado, el psicoanalista Martín Grotjhan señala que nuestro inconsciente ignora la vejez, mantiene la ilusión de una eterna juventud.


Al final, mi amigo Humberto y yo nos asomamos al malecón habanero en una noche de llanto y nos conjuramos para escapar de ese destino aciago, dejando que nuestros cuerpos se sumerjan en un mar que todavía baña de infinita belleza las arenas de nuestra piel.


A LA VERA DEL MALECÓN


Me encuentro con mi amigo Humberto en una Habana tórrida y llena de mar, por la que transitamos hasta llegar a un malecón contrito pero lleno de bellezas prietas con baile en la mirada.

En un momento determinado él me dice que se ve como Diego de Torres Villarroel tal como se retrata en su libro "Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras":

"A mi parecer soy medianamente loco, algo libre y un poco burlón, un mucho holgazán, un si no es presumido y perdulario incorregible, porque siempre he conservado un aborrecimiento espantoso a los intereses, honras, aplausos, pretensiones, puestos , ceremonias y zalamerías del mundo".

Después de esta imprevista declaración narcisista -muy propia de los artistas, que tienen que cargar con ella si quieren seguir siéndolo- trae a colación lo que verdaderamente le preocupa, que es el objeto de su propia vida, y que Paul Valéry describió en su día:

"El artista reúne, acumula y compone "in a material medium" un número de deseos, intenciones y condiciones recibidas por todas partes: en su mente y en su ser. Ora piensa en su modelo; ora en sus colores, sus esencias, sus tonos; ora en la carne misma; ora en la tela que absorbe su pintura. Pero todas estas atenciones independientes están, por necesidad, unidas en el acto de pintar, y todos esos distintos momentos -dispersos, recapturados, proseguidos, quedados en suspenso, perdidos otra vez- forman un cuadro en sus manos".

Estas palabras reflejan casi fielmente el proceso de la creación, el alumbramiento de lo que nuestros ojos hasta ese instante no encontraban y que posteriormente verán con gran pasmo y sorpresa.

Pero Humberto, aterido de angustia, me explicaba que todavía estaba en el trance de agarrar ese instante, pues ya era mucha la holganza que le provocaba tanto ébano y poca la que de verdad le nutría. Pues eso pienso yo también y tengo al malecón por testigo.

JOAN PONÇ


Hace unos días recibí un mensaje del artista ibicenco, Froilán León Orozco, al que le agradezco este recuerdo, en el que hacía referencia a Joan Ponç, el pintor surrealista catalán.

Con motivo de esta evocación, reparé en el injusto olvido en que había caído, tanto él como Aurelio Suárez, el otro gran surrealista asturiano.

Ponç fue un artista de refinada elegancia, que en lugar de tratar de asombrarnos con esas ciclópeas y fantasmales iconografías, nos seducía con fantasmágoricas semblanzas e imágenes de signos y seres que se nos parecían pero que no lo eran, de animales que también querían serlo pero tampoco lo eran, de esos retratos y rostros en los que teníamos que reconocernos y que muy al final lo hacíamos pero partiendo de otro horizonte visual.

Elaboraba un lenguaje muy personal lleno de poesía, de hallazgos e invenciones en que la fantasía del subconsciente alcanzaba todo su esplendor y nos comunicaba toda su carga de melancolía y de soledad transmutada en una senda fabulosa.

El color, siempre en tonos espectrales que diesen mayor exaltación a lo emotivo y maravilloso, se fusiona a la perfección con las formas para cerrar un espacio lleno, sin fisuras, sin vacíos, y en el que desde cualquier ángulo se sitúan los puntos de interés de captación de la mirada.

Ponç ya ha desaparecido pero sigue y seguirá deslumbrándonos, nunca mejor dicho.

LO NEGRO


El color negro ha sido siempre la sombra espiritual por la que circula nuestra idiosincrasia, la forma de concebir el español nuestra fortuna y nuestra visión como destino. Así lo he percibido desde que tuve uso de razón y así me ha escoltado permanentemente, tiñendo todas mis percepciones. Y tal hecho los pintores españoles han sabido captarlo hasta elevarlo a su máxima expresión.


El maestro sufí del siglo XX, Hazrat Inayat Khan, decía que el sufí estudia la oscuridad para comprender la luz y Bill Viola nos explica que según la teoría tradicional persa del sufismo islámico, el color negro era el color supremo, superior al blanco en su importancia fundamental. Y es entonces cuando este artista americano advierte que el negro significa el color de la pupila del ojo, la ventana del alma, la pantalla de proyección en la que se manifiestan todas las imágenes. Y añade que el negro es el color del ojo cerrado cuando se enfrenta a la realidad cegadora de lo absoluto.


Es ese negro del que habla San Juan de la Cruz en su noche oscura del alma, el negro de los pintores barrocos especialmente Zurbarán, Sánchez Cotán. Y Goya. Es ese color negro que llega hasta hoy con Saura, Millares, Tápies, Antoñito López, etc.


En esa pretensión de lo absoluto, muy propia de nosotros, radica quizás ese maridaje con lo negro, con lo sombrío, con esa exaltación de la muerte que a cada instante nos acomete, con ese sometimiento a lo efímero como una zona de paso desoladora, vacía, más cuando la implantación voraz de lo global nos arrebata los más propio de nuestra individualidad.


El artista, a través de lo oscuro, ve, y así nos lo manifiesta. Pero es inútil, lo más normal es que sigamos ciegos.

LA FILOSOFIA DEL DESTINO




Hoy, en mi momento de mi comida en soledad en donde el asado es el mejor bodegón comestible, reflexionaba sobre la concisión del tiempo cuando la resta es mayor que la suma. Bien es verdad que eso no menguaba mi deleite gastronómico, al contrario lo acentuaba, pues soy consciente de un tiempo que ya es una presencia que se siente de forma determinante. Por lo tanto, hemos de aprovecharlo. No hay trascendencia en ello, es un simple hecho empírico que nos deja desarmados. La ontología siempre pierde ante una realidad que se impone por sí misma. Platón no quería verla y los que vinieron después, por desesperación, tampoco. Allá ellos.




Por eso siento esa pérdida en lo que me insatisface y me enerva, en lo que me deja inerme ante mi curiosidad, ante la experiencia que puedo ir atesorando con mi incursión en los terrenos artísticos.




Mi amigo Humberto, pintor habanero del malecón, que me permite utilizarlo como interlocutor de los viajes hacia la conciencia de lo que es el quehacer artístico, siempre es un eterno -ya quisiera él- buceador de lo que es o puede ser un universo estético en el que se fusionen pasado, presente y futuro. La utopía de lo imposible que alguna vez será posible. Está bien hablar de ello mientras el ron nos acompañe y una mulata de cuerpo vartiginoso se pasee delante de nuestras inodoras narices.




Y Luis, mi amigo dueño del Pote de Cobeña, refugio de hambrientos soñolientos y conversadores de barra cenicientos, y al que después me arrimé, me explica que el arte contempóraneo no lo ve, no lo percibe, queda lejos de su iconografría óptica y de su realidad vital. Siempre quedará Velázquez, vive Dios.




Y al final, por lo que respecta a lo que es el quehacer artístico predominante ahora, siempre nos perseguirá esa fatalidad maldita del elitismo, de la minoría, de la selección. Y no sabemos como romper ese nudo gordiano. Y es difícil que eso cambie. Pero hay que seguir intentándolo.


MARTA PALAU (1934-2022) / CONGREGACIONES DE FUEGO

La catalana PALAU, recientemente fallecida, ha estado envuelta en los orígenes de una cultura autóctona y ancestral americana que ha marcado...