LOS ROSTROS QUE NO VEMOS


  • Frank Auerbach no hace retratos de rostros sino que ellos mismos dejan que el denso empaste cromático los vaya exteriorizando hasta que sean ásperos fósiles enmascarados. Él se limita a ser un mediador que intercede.

  • E intercede dibujando en la faz edad, dolor, sufrimiento, odio, indiferencia, rabia, frustración, cada grueso trazo es un rasgo que se va definiendo, que va tomando la forma de lo grotesco, momento en que la belleza, llena de conmiseración, rescata esas facciones y de un soplo les da color y vida. Y así han de permanecer hasta que el tiempo de la inmortalidad dé paso al de las cenizas. Mientras tanto se hablan en silencio pues han perdido la fe en la voz que les había de salvar.






  • En el malecón, hoy, se representa un melodrama en el que los espantajos sufren una metamorfosis durante unas horas, en las que redimen su fealdad y cantan a su nueva belleza. Mi amigo Humberto y yo nos sumamos al acto de este grandioso escenario esperanzados en el encuentro con nuestra vertiente hermosa y rebosante de placeres invictos.

  • No sucedió así, la mudanza se nos vetó por ser seres apátridas, vivir en constante penumbra y no poder pintar más que habitantes incapaces de vivir fuera de las tinieblas. En el camino de regreso no sollozamos más que ron.

LA ISLA DE LOS MUERTOS


A través del paisaje se han llevado a cabo innumerables renovaciones y transformaciones de la sustancia pictórica. Los artistas han sabido ver en él la matriz para la conformación de visiones innovadoras entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la realidad y la fantasía, entre lo físico y lo inmaterial.


Ante esta obra, "La isla de los muertos", de Arnold Böcklin, pintor suizo injustamente olvidado y no muy valorado, nos atrapa la incitación a formar parte de ese minúsculo cortejo -de hecho lo vamos acompañando con los ojos- y a ser protagonistas de una ceremonia que en un anfiteatro tan sobrenatural adquiere una dimensión cósmica.


El artista, fiel a un romanticismo que entonces estaba en su momento álgido, ha sabido reflejar con un virtuosismo casi imposible el pensamiento de la mortalidad que nos oprime y al mismo tiempo nos seduce, con el fin de abandonarnos en el otro lado, en un instante de dramaturgia fría, solitaria, silenciosa, mórbida, si bien majestuosa.


Un cúmulo de visiones y sensaciones atenaza nuestro cuerpo cuando la mirada se posa en ese paisaje que no por fantástico es menos real, tal es la penetración de una pintura que roza la perfección gracias a que todos los elementos que juegan dentro de ella conjugan su autonomía plástica con su pleno ajuste en la unicidad de la obra.


Mi amigo Humberto y yo buscamos entre los cayos del Oriente esa isla, pero la más parecida que encontramos estaba atestada de caimanes gigantescos que después de devorarte se encargaban de depositar tus restos en nichos construidos en los arrecifes.


No nos movió tanta sensibilidad con nosotros mismos como para poder probar fortuna en ella, por lo que decidimos regresar al malecón y convertir en cenizas unos granos de maíz que con unas gotas de ron y unas pavesas de tagarnina catalizarían nuestras mermadas fuerzas a la hora del desposorio con nuestra hada letal.

CHANGÓ


Mi amigo Humberto y yo divisamos al obeso y monstruoso Changó apostado en una esquina del malecón. Hijo no querido de Aggayú y Yemayá, la dueña del mar, fue adoptado por Obatalá, el señor del pensamiento. Expulsado del Congo, se encontró camino del destierro a Orula, a quien hizo entrega del tablero de Ifá, del que fue su oráculo. Mujeriego impenitente y pendenciero, estaba casado con Obba, teniendo como amantes a Oyá, señora de los vientos, y a Ochún, la más hermosa.


Nos hizo una seña para que nos acercásemos y según nos aproximábamos observamos que estaba vestido con una túnica de mujer y unas trenzas. Nos explicó que estando en la vivienda de Oyá, su barragana y esposa también de Oggún, señor de los hierros, fue cercado por unos enemigos, de los cuales sólo pudo escapar disfrazado de tal guisa.


Para celebrarlo, nos convidó a abo (cordero), gallo rojo, aguera (codorniz), ayapa (jicotea), guinea, toro, pavo, gallos jabaos y plátano.


Después nos tocó el güiro, que le había regalado su padrino Osain, con la boca y un dedo, y también nos adivinó nuestro destino con el caracol y los cocos.


Una vez que se despidió de nosotros, los aullidos del viento nos obligaron a guarecernos en el obrador, que al amanecer se nos apareció más lúgubre y cavernoso que nunca.


Humberto tomó un pincel con el que desflorar la tela mientras yo aporreaba los tres tambores sagrados (okónkolo, itótele e iyá), hasta que la efigie tomó forma y vida mediante la caída de un espantoso rayo. Ante ella brindamos con harina de maíz y lilá pues por un día más estábamos a salvo.

LA LOCURA


Gabriel García Muñoz, "Pintura", joven artista español, nos ofrece un retrato de la locura que gracias a su vertiginosa economía de medios muestra una visión que despoja lo accidental de lo exterior para configurar el esqueleto plástico de lo interior.


Es un viaje inverso que potencia el factor expresivo de lo que ya es esencia, núcleo de la supuesta defensa del hombre ante el caos. Pues esa figura entre barrotes de sangre no deja que la demencia nos horrorice sino la lucidez que la anima, la provoca y la hace sufrir.


Decía Hermann Broch que el arte nace del presentimiento de la realidad, Samuel Beckett añadiría que el arte es la apoteosis de la soledad y Herbert Read concluiría afirmando que la actividad artística comienza cuando el hombre se halla frente al mundo visible como algo infinitamente enigmático.


Presentimiento, soledad y enigma que convergen en la locura a modo de un discurso estético del que es ejemplo la desnudez pictórica de esta obra como fruto de un destino que está dentro de nosotros y que sólo lo vemos cuando el pintor lo pone delante de nuestra mirada.


Él permite que, a través de nuestros ojos, de nuestra memoria, sensibilidad e inteligencia, rellenemos esos vacíos entre las líneas y ese entorno crepuscular que interiorizan la enajenación que indiferentemente padecemos hasta que un día lleguemos al lugar donde ha estado él. Entonces el retrato se hará vivo y buscará la materia de la que estamos hechos para encarnarse.


El malecón guarda fielmente nuestros secretos y locuras, y lo hace con el cariño de un anciano protector, borracho de siglos y sediento de carnes. Mi amigo Humberto y yo le confiamos casi todos los días los sinsabores de nuestras penitencias y él nos abruma con las insensateces de sus pesares. Al final nos reprocha con lo de que ya es hora que en la pintura de Humberto aparezca la presencia del vacío, único homúnculo que puede redimirnos de una soledad y locura colectivas entre tanta penumbra.

TEORÍA DE JUEGOS


Jesús Vázquez, joven artista sevillano, guarda el secreto de un delirio en su cerebro y una idea fría en la manera de ejecutarlo pues sabe como abrazar el medio creador idóneo para darle forma.


La experiencia invisible, nos señala el artista, es una metáfora de la realidad y yo pinto esa alegoría para que se haga visible a modo de delirio.


Y nos traslada a las catacumbas donde esa quimera se fraguó y comenzó a tomar cuerpo, a estrujar líneas, a seguir los meandros de un dibujo que sabe como someter perfiles, a buscar las sendas cromáticas que destapen escenografías fantásticas de ultratumba.


Y lo que queda es ya leyenda, mito, imágenes en las que el significado de la vida se confunde con significados de otra existencia, se anhela otra muerte con distinta resurrección, mediante el lenguaje del éxtasis y el arte para alcanzarla.


En esta obra, trasciende lo caricaturesco para construir una atmósfera turbia, helada, en la que el color se ajusta de manera precisa a su cometido de expresividad concreta, no sale de sus contornos ni finge otras texturas, se concentra en la propia teoría que se representa, aquélla en la que desde la época medieval no sabemos como interpretar y por eso siempre somos incapaces de ganar. Él piensa que sí y para eso tiene esa magia que gracias a su poder de visualización penetra en nuestra mirada y la hace soñar.


Mi amigo Humberto y yo somos como dos fantasmas que mendigan por un malecón encinta de criaturas que no han empezado a hablar y ya gritan. Pero el grito se hace sombra, y nosotros nos guarecemos en ella para no perder la poca sangre que nos queda en provocar ardores ya hartos de rogar por una vida que no tiene más sol que una perpetua penumbra.

YEMAYÁ


Ayer, cuando mi amigo Humberto y yo limpiábamos y organizábamos el taller, percibimos la presencia etérea de un cuerpo que nos inmovilizaba con su sombra. Al ver la piedra de mar que portaba, nos dimos cuenta de que era Yemayá, que nos declaró hijos del santo y nos conminó a revelar su efigie en una tela que serviría para el llamamiento espiritual de lucumíes-yoruba, congos, carabalíes, mandingas, arará, gangá y mina en el malecón.


Sobre nosotros recaería una sentencia de oprobio si no cumplíamos lo decretado y sobre nosotros recaería una maldición eterna si del icono erigido no surtía la solicitud de estos habitantes para la cremación en hoguera de los "mongos" John, Canot, Blanco Fernández de la Trava (el de Gallinas) y Cha Cha (el brasileño Francisco Félix de Souza).


Al acabar el retrato, del que emanaban sonoridades yorubas y abakúas, la orisha nos quemó los labios con carbones ardiendo y nos hizo beber aguardiente de caña para aplacar nuestra sed.


Amanecimos hambrientos pero ya no pudimos comer, únicamente el ron se paseaba por nuestra garganta en busca de un abismo sin seres que sumergir.

FRONTERAS


Javier G. Vidal, joven artista navarro, autor de esta obra, es otro enviadable modelo de creador total, del que siente que el arte se manifiesta en distintos ámbitos, en diferentes entornos, en múltiples espacios, con incontables medios y recursos.


Por eso es fotógrafo, escultor y pintor, por ello ejemplifica una pasión que sólo tiene la frontera de un nuevo descubrimiento, de un innovador hallazgo que le permita continuar la ruta hasta el siguiente trecho en el que reposar lo construido, volver a analizarlo y descomponerlo, porque siempre hay algo que ha quedado latente pidiendo ser sacrificado. Nosotros estamos para verlo, él para exorcizarlo.


En esta pintura, el incendio evoca un todo emocional de rachas huracanadas que desvelan las turbulencias que es capaz de desencadenar la incandescencia del color depurándose a sí mismo. En esa fuerza radica un impulso incontenible que surge como un tornado de un mar en agonía. Ha conseguido que la oquedad que padecemos se llene y suspire.


Las ánimas vuelven al malecón habanero vestidas con túnicas rojas y rezando por los que como mi amigo Humberto y yo avanzamos perdidos en el bosque sombrío de un amanecer estéril. La música ya no suena y el color se mudó de esquina. Ahí quedó el lienzo reflejando nuestro vacío.

PÁJARO EN EL ESPACIO


Cuando en 1.926 Brancusi viajó a Estados Unidos con su escultura "Pájaro en el espacio", la aduana americana declaró que tal objeto no era una obra de arte y por lo tanto habría de pagar la tasa correspondiente a la catalogada como material bruto.


El artista recurrió esta decisión y finalmente, en 1.928, la Corte Suprema sentenció a su favor considerando que aunque no era una obra de arte realista pertenecía a una nueva tendencia.


Esta incomprensión y ceguera nos lleva a esos años en que el arte comienza a desnudarse, a transmutarse, a construir formas que tienen un lenguaje propio que nos traslada un mensaje que hemos de saber descifrar en sus propios términos, no en los nuestros, pues aunque emana del mismo hombre, es una criatura que éste ha sabido encontrar, agrandar, evolucionar, darle vida y convertirlo en un ser que expresa nuestras más íntimas desolaciones, soledades, angustias y regocijos. Después lo describimos con sustantivos, adjetivos y hasta adverbios. No hacía falta, la brújula indicaba la dirección segura.


Mi amigo Humberto y yo oteábamos la carne opaca que deambulaba en el entorno del taller en esta noche de vírgenes marchitas. Las texturas tomaban en el lienzo el color de una pasión ardiente, que no sólo era de ron sino también de cuerpos oscuros que se consumían en un éxtasis de fuego que nos abrasaba de hielo y nos condenaba a seguir ciegos.

EL SUEÑO DE UNA CALAVERA


Luis Fernández, pintor nacido en Asturias a la que abandonó muy pronto, conjura con esta obra una dimensión que le permita acceder a la sensación de tentar la verdad de nuestra mortalidad.


En sus calaveras se perfilan ángulos, contornos, prismas, que modelan un pictograma en claroscuros hasta no inferir si es el desnudo de una cabeza o lo que paulatinamente se ha formado ensamblándose internamente y emergiendo de un fondo oscuro, el de una capilla de ánimas desaparecidas.


En todo caso, construye la belleza fría de estos cráneos con esa luz de crepúsculo y esa marea de color estática,como la reflexión de una contradicción entre lo que se deja y lo que nos llevamos. Y él sostiene que la armonía, la gracia y la perfección no deben ausentarse ni cuando ya somos una simple osamenta.


Obra que apacigua temores pero no dudas, que es símbolo de fugacidad pero perenne en su estética para que haya una continua meditación. El pintor convino en llevarla a cabo pintando la magia de esa caja ósea en repetidas ocasiones porque en cada una de ellas subyacían, en paz y sosiego, sus propias preguntas y respuestas. Y quizás también las nuestras.


Hoy el malecón solloza de tanta maldad. Olokun desencadenó un mar áspero que pisotea las entrañas de los moradores que suplican una caricia de sal. Los orishas Elegguá, Oggún, Ochosi, Osun, no están para defendernos. Mi amigo Humberto y yo, despavoridos, fuimos a echarnos los caracoles. Los suyos se mantuvieron mudos, los míos pintaron una cruz blanca y una línea oscura, señal de que mi tiempo se va acabando.

POST MORTEM


El artista asturiano Juan Carlos Carrasco, en su exposición "POST MORTEM" recientemente inaugurada en Gijón, ha iniciado su aventura partiendo en cierto sentido de una cercana referencia a las singladuras formales y conceptuales en que se embarcó la "Nueva Objetividad" alemana, el realismo mágico o incluso De Chirico (por algo había que empezar), para construir su propio proyecto, que al mismo tiempo lo circunscribe a la contemporaneidad más visible y emblemática a través de formatos ópticos cuya vocación estilística es situar la imagen como signo de una cultura señalada por el impacto reverencial a la virtualidad de la imagen.

Con ello, introduce el mensaje visual de una concepción plástica que tiene al hombre como su principal objeto, como su más obsesiva alegoría, investida de espacios de luz que revisten una envoltura cosmológica.

Por eso, hay cierto sarcasmo, cierta ironía, pero también compasión, distanciamiento, juego, escepticismo, en el dibujo de esos seres antropomórficos, asexuados, que no son conscientes de su condición mortal, ni de una naturaleza que les deja indefensos ante su fin.

Los planos cromáticos luminosos son el contorno de una fábula desmitificadora que nos conduce a aquellos que son nuestros miedos más íntimos, más inconfesables, y no deja de haber por ello un propósito festivo, jocoso, que induce a la mirada a un esfuerzo de introspección para hallar el testigo de la fe en un destino en el que no se quiere pensar.

Obra que hace de la paradoja una visión que deslumbra por sus amplios planos, por sus abiertas perspectivas, por sus apiñadas criaturas deambulado incansables en un círculo post mortem.

Mi amigo Humberto y yo, ensimismados en esta reflexiones, nos encontramos a la entrada del cementerio. La mísmisima muerte, Ikú, nos abre la puerta y nos lleva hasta Eggún, el espíritu de los muertos, y Yewá, la lechuza que vigila, que nos presentan a Oyá, la dueña de las tumbas. Sacamos el ron y nos pusimos todos a brindar porque nuestro itutú, llegado el momento, serenase nuestra alma y nos diese descanso eterno. Seguro que Juan Carlos así lo hubiese querido y deseado.

ENIGMA


Gauguin, en este autorretrato, comparece como un jeroglífico que quiere y no quiere ser descifrado. La vanidad incrustada en la verdad o un deseo ya perdido que ofrendar.


Creo que casi todos los artistas se reservan un trozo de enigma que guardan en la caja fuerte de su cerebro y que no permiten desentrañar por el riesgo de ofrecer al espectador la clave más oculta de su capacidad y talento para descodificar lo que no se ve y transmutarlo en un hacer plástico destinado a incorporarse a nuestro imaginario.


Por eso él no transmite más que un prontuario o una sinopsis, el resto lo ha de completar el que ve, observa, descubre, intuye, que de esta forma se hace partícipe de la obra si la ha valorado como conocimiento propio, como atlas de su propia geografía visual.


Este magistral autorretrato confronta su mirada con la nuestra, casi como de reojo, y nos reta a descubrirle más allá de la mera apariencia que se desdobla en cada línea, en cada contorno, en cada forma y filigrana. El secreto está fundido con cada pincelada.


Mi amigo Humberto y yo, bajo un crepúsculo de óleo en el malecón, percibimos la presencia de Yemayá. Estaba licuada en la atmósfera. No era Yemayá Asesú, la de las aguas tranquilas, ni la agresiva Yemayá Okuti, tampoco Yemayá Konlá, la que hace espuma a las orillas del mar. Eran todas un solo mar, el nuestro, el Caribe de fondos ignotos y ondinas mestizas.


Acabamos el ron y regresamos al túnel que nos sirve de madriguera hasta que llegue el wemilere, la fiesta de los santos, que en su júbilo nos proporcionará luz con la que trasladar la eternidad al lienzo, ciego de tanta oscuridad.

GISELAS DE LUNA


Ritmos de guaguancó, conga y rumba atronan el malecón en la noche. Festivos, sandungueros, jocosos y jodedores, los olochas danzán el nengón, el kiribá, el changuí y el sucu sucu.


Los tambores yuka, los tambores de palo, los tambores de Kinfuiti, los tambores biankomeco, los tambores arará, los tambores de Olokun, la tumba francesa, los tambores de radá, los tambores nagó, los tambores de bembé, los tambores batá, los tambores iyesá, los tambores dundún, los tambores gangá, anuncian la presencia de los orichas.


El trance se presiente ya, hasta que por fin el caballo de santo se acerca a mi amigo Humberto y a mí para escuchar nuestras quejas.


Después nos lleva al Igbodó y allí nos deja con las Iyalochas, jóvenes, valquiria una y morenas las demás, bautizadas por la luna, que amamantan nuestros pesares, nos dibujan sensuales fantasías y nos encomiendan a Oyá, la dueña del cementerio, que ya nos ha colocado el número ocho.


Amanecimos fríos. Comimos harina caliente y tocamos el quinto mientras esperamos, entre trago y trago, la hora del carnaval orgiástico de la muerte.

UDNIE


Francis Picabia, artista cubano de ascendencia franco-española, luchó en todos los frentes de las vanguardias históricas y en todos ellos dejó el testimonio de su versatilidad insatisfecha.


Traigo a este espacio esta pintura, de la que se ha dicho que es el recuerdo del coito de un hombre de negocios de edad madura con Udnie, porque en ella se pone de manifiesto la espléndida conjunción de las partes de un todo vertiginoso.


Movimiento y reposo en la base, luz y penumbra, calor intenso y frío, pasión y placer vibrante, silencio breve y clamor, esplendor y ceremonia. Y también ironía en una arquitectura que enmascara la penetración a través de su ostentación aparatosa, histriónica.


Es fruto de un sincretismo de tendencias y corrientes, de credos y teorías, pero también la hábil falsificación de una realidad que está destinada a eso mismo, a ser convidada en un festín de imposturas y simulacros.


Me encuentro a mi amigo Humberto en su taller iluminando en el lienzo con su pincel un espectro repetido siete veces. Después ha depositado sobre él la sangre de una primera menstruación y encima de ella, acariciándola, la llama de una vela enciende una oración. Hasta que cobre vida participaremos en el malecón en la ceremonia de la Rumba de Santo junto a babalochas, iyalochas, oriates y babalawos.


Cuando retornemos esperamos hallar al espíritu invocando la salvación que nunca tuvimos.


LOT Y SUS HIJAS


Esta obra, "Lot y sus hijas", atribuida al maestro flamenco Lucas de Leiden, nos asombra no sólo por ese dominio de la perspectiva, de la arquitectura y del paisaje, sino también por una representación bíblica que se articula en escenas que como un diagrama se escalonan hasta conformar un gran escenario.


Hay un recorrido de tiempo con distintos planos de espacio graduándose desde un fondo apocalíptico hasta un primer ambiente que a través del color rojo de la tienda atrae nuestra atención. En la zona intermedia se ve al padre y a las hijas llevando al burro detrás suyo sobre un puente que los conduce a nosotros; la madre queda a la izquierda convertida en una estatua de sal mientras más allá la tormenta de fuego destruye la ciudad de Sodoma.


Pero en las primeras imágenes late una disonancia transgresora, pues no es el padre quien se deja embriagar sino que es él mismo el que seduce a su hija mientras la otra, en una postura sensual, escancia el vino que servirá para atizar el desenfreno erótico que las posturas y gestos anuncian.


No se han aterrorizado, no han llorado la pérdida de un ser querido, no están atribulados, están vivos y quieren seguir estándolo para gozar. El incesto no planea sobre sus sentimientos y emociones, son otros los deseos que provienen de su naturaleza, los más instintivos, los que no tienen códigos que les aten.


No deja de ser un misterio una obra tan transgresora en una época en que la religión abarcaba cada momento del día, a no ser que se establezca una relación próxima con la ruptura del catolicismo acontecida en fechas cercanas a la datación de la misma. Quizás por ello su autor se haya mantenido en el anonimato.


Hoy nos hace una visita El Bosco en el malecón. Nos dice que si en su existencia como pintor hubiese conocido este rincón, sus visiones hubieran estado más rebosantes de silogismos, profecías, enigmas, pecados y ninfas mestizas que el Jardín de las Delicias. Lo habría titulado el Jardín de las Antillas. Quede escrito.

LAS TRES EDADES DE LA VIDA Y LA MUERTE


En este cuadro, Las tres edades de la vida y la muerte, de Hans Baldung, se enmarcan las ideas, los horrores y los sentimientos de una edad en la que los credos y doctrinas se tatuaban hasta en el alma de los descreídos.Y también las pasiones.


Baldung fue más que un fiel intérprete, fue un artista obsesionado por una angustia a la que sólo podía dar salida pintando la realidad que se escondía bajo una opresión que se agrandaba como un tumor dentro de sí mismo.


Época de símbolos y signos, la muerte era la gran señora de presencia perenne, la antesala de la condenación anunciada por la Inquisición, la que marcaba y tasaba el tiempo de vida avaramente. La belleza era demasiado efímera, tal como señala ella misma con ese reloj que como una guillotina sitúa ante la cabeza de la joven hermosa pero también vanidosa, pues la esperanza media de vida era de treinta años.


La vejez trata de impedirlo inútilmente, su brazo cargado de cólera y desesperación se opondrá en vano, el cuerpo de la muerte que arrincona a las tres figuras es demasiado poderoso.


El paisaje de fondo es sombrío, intemporal, y la tela transparente que hace de hilo conductor se pierde a la izquierda del lienzo dejando abierta la incógnita final: ¿cielo o infierno?


Las tres edades como sinónimo del todo porque abarcaba el principio, el medio y el fin.Aunque no aparece ningún signo religioso, se sobrentiende, subyace y vigila. La salvación anunciada es lo que redimirá al ser humano de un destino aciago, pues desde que nace está amenazado por la muerte a causa de la guerra, el hambre, la peste, la maldad. No ha lugar para la exaltación, el éxtasis, la plenitud.


Recojo a mi amigo Humberto en su taller de Miramar, ese espacio real-simbólico donde él fusiona significantes y significados con sombras de una realidad que no tiene nada de renacimiento, y paseamos hasta el malecón, lugar de alegorías y ultratumbas, para con nuestra embriaguez de ron poner preso al muerto oscuro.


MARTA PALAU (1934-2022) / CONGREGACIONES DE FUEGO

La catalana PALAU, recientemente fallecida, ha estado envuelta en los orígenes de una cultura autóctona y ancestral americana que ha marcado...