La obra del holandés AMBROSIUS nos sitúa ante una obra de un trepidante poliformismo que pone a la luz un turbulento universo nacido del caos.

Es más plástico e importante lo que desarrolla en la superficie, lo que casi la desborda, la simbolización barroca en la que se recrea, que lo que hay en su interior oculto, aunque lo adivinemos.

El fuerte cromatismo actua como una máquina desmesurada y desquiciada que atraviesa el espacio celebrando agonías y presagios que anidan en el círculo exterior y amenazan destruirlo.

De ama al pecador, odia al pecado, se ha pasado a ama el pecado, crucifica al pecador.
¿Quién nos guardará de los guardianes?
La obra del ovetense CASTAÑO es una muestra de esa necesaria ampliación de nuestro panorama estético, del que habla Gillo Dorfles, y una recuperación de unas necesarias cualidades creativas e interpretativas.

Mediante esa constante búsqueda de técnicas y procedimientos propia del artista, se llega a la formulación plástica de un universo privativo basado en sus experiencias y vivencias de origen.

Conforme a esta clave surge el poder lingüístico de un quehacer que nos traslada metafórica y físicamente a la visión de unas huellas que son evocaciones y señales, vestigios y sedimentos, por los que la mirada se ensimisma sin dejar de abismarse.

Hay que elegir por azar o por elección, no hay diferencia, uno no escapa aldestino.
(Blanqui)
Uno elige por azar o por elección, no hay diferencia, uno no escapa al destino.
(Blanqui)
Si se nace en un país andino como la boliviana PACHECO, tu obra se ha quedado ligada a esa cosmovisión y/o cosmogonía que tiene a lo mítico como aspiración de eternidad.

Su pintura tiene las raíces de su cultura y la visión plástica contemporánea en la que ha vivido, operado, transformado y consumado un registro de múltiples direcciones.

Plasma lo más sintéticamente posible un desarrollo formal que entre distintos planos ofrece un universo cuyo lenguaje se nos hace utópico en la mirada.

La palabra olvidar no capta por completo lo que nosotros los seres humanos hacemos habitualmente.
Del segoviano ALBERTO REGUERA, del que he hablado en infinidad de ocasiones y que ahora tiene su obra expuesta en la galería Sao Mamede de Lisboa, puede afirmarse sin ninguna duda que el colorido surge como una reflexión constante y procede de sus vivencias y entornos.

Pero también de una meditación serena de búsqueda del aura posible, de la autenticidad que emana de un quehacer que tiene en lo plástico el motivo de una existencia profunda con arreglo a una ontología cromática.

Sus paisajes, exorcizados entre horizontes y texturas, entre luces que van mutando y transmitiendo los delirios de una sensibilidad estética que se mueve a la par del tiempo y del espacio, y de una contemplación sosegada que reclama ese momento en que el intervalo visual se llega a eternizarse, son la apertura a miradas con ópticas diferentes.
La idiosincrasia del color reúne en su lenguaje todas las fisonomías y relatos posibles, expresa las circunstancias felices e infelices de sus vicisitudes y sus orígenes.

Es el caso de la obra del japo-brasileño BABE, en la que deja de manifiesto que la exteriorización y quehacer de su pensamiento capta las distintas gamas y nomenclaturas cromáticas como núcleos imperecederos.

Su hacer es intenso y al mismo tiempo cargado de una poesía que señala el predominio plástico de la urbimbre sutil que planea sikenciosamente sobre toda su producción.

Todo el tiempo sucede mucho más en nuestro interior de lo que estamos dispuestos a expresar.
(Thomas Nagel)