Las manchas de estos cuerpos pintados por el cubano OLIVA chocan con unos modos de ver acostumbrados a la percepción de verdades simuladas.

En sus obras no hay simulación en los rasgos de una humanidad posnuclear que ya no sabe quién es ni dónde se encuentra, ni siquiera si está viva.

Es un principio que no tiene fin o es el fin que ha dejado de tener principio, porque esos rostros son los nuestros aunque se hayan convertidos en seres deformes y anónimos.










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