LA JUSTICIA DE LA MEMORIA

  • ¡Cuántas obras y artistas no hemos apeado de nuestra memoria e imaginario! Muchos, quizás demasiados, ¿o es que son excesivos para que naveguen por el recuerdo?

  • Esta pequeña obra maestra fue pintada por Mariano Fortuny unos días antes de morir. Un desnudo que prueba su exquisita sensibilidad y maestría en la materialización de una carnalidad que reposada en ese mar de jade se convierte en un territorio en el que la voluptuosidad y la sensualidad entonan un canto a la belleza y la vida.


  • Y este desnudo de la "mantilla y el clavel" de Zuloaga resplandece por sí solo aunque nos evoque semblanzas goyescas o las densidades de Romeros de Torres. La pose chulesca pone de manifiesto un cuerpo de belleza gitana que está a la espera de demostrar que la praxis no tiene otra filosofía que la de la entrega plena. Y que al espectador no le queda otra opción que contemplarla sin poder hacerla suya aunque en cierto modo siempre le quedará un instante para invocarla.

  • Dos maléficas apsaras recorren insaciables el malecón, con sus movimientos incitadores atraen a íncubos y súcubos del fondo de la negrura y cuando ya los han congregado, excitan sus instintos para instigarlos a que conduzcan a las tinieblas a los resistentes que se lamentan ante el muro de su impotencia y fragilidad. Yo escapo porque prefiero las penumbras con desdichas antes que los abismos bienaventurados.

MOMENTO ESTÉTICO


Este dibujo de un autor anónimo me ha deparado ese "momento estético" del que hablaba Bernard Berenson, al referirse a él como el instante fugaz en que el espectador es un todo con la obra.


Pero además, él mismo sujeta nuestra mirada con la intriga que se desprende de unas formas que aparentemente no encuentran destino ni orden aunque hay ciertos indicios de que los buscan, con unas estructuras cuya carencia de un latido uniformador impulsan la dirección de nuestros ojos por cada una de las líneas y de las sombras.


Siento que mi capacidad de discernimiento está confusa ante la imposibilidad de percibir la entraña que hay detrás de una construcción que en su desorden guarda su propia identidad plástica, rica en vericuetos y rastros en un engranaje que no requiere más que un impaciente deambular por los intersticios que ocupan una contemplación desconfiada.


Este mar antillano, de nostalgias sanguinarias, sigue engordando a base de devorar hados sin estrellas. Insaciable, está a la espera de que un malecón despechado le haga soberano de los seres en fuga que lo pueblan para engullir con ansia insatisfecha sus ánimas. Y después únicamente vomita las que están condenadas a infiernos omnipotentes.

BRONZINO


Siempre me pareció fascinante esta pintura del artista italiano Bronzino, "Venus y el amor", de la que brota una sensualidad acabada de despertar, simbolizada en una desnudez que contiene toda una declaración de intenciones y de deseos.


Tiempos del Renacimiento en que el hombre volvía paulatinamente a ser dueño y señor de sí mismo y sobre todo de aquellos placeres de la belleza y del cuerpo que él disfrutaba casi como un credo.


Y el artista era ese mediador que con su destreza y genio hacía realidad visible tales súplicas, recompensando así a todos los amantes del arte de sus trabajos dedicados a una devoción religiosa que quería monopolizar todo asomo de creatividad.


Y lo conseguían a través de la recreación clásica de mitologías y alegorías, que entonces, en la época de su nacimiento, formaban parte de una humanidad todavía no rota por un monoteísmo devastador de voluntades.


Hoy, casi no he podido reconocer a Manga Saya en el malecón, la vieja negra cimarrona del central Orozco. Está muerta aunque la presiento viva a mi lado. Era muy hermosa. Siendo joven, se escapó y se escondió en un palenque de la Sierra del Cuzco, en donde, junto a otro mayombero, Juan Gangá, se dedicó a curar a los que habían perdido la razón, valiéndose de las propiedades de la ceiba y de los efectos de la luna y el sol.


A mí me susurró que no me hacía falta más que la sombra de un ciprés y la leche de una ondina mulata que ya no fuese virgen, pero que guardase aún el furor de la pasión en el cofre del delirio. Y seguí renqueante mi camino, llegaba tarde a mi cita con los habitantes de la penumbra.

KUPKA


Frantisek Kupka llegó a París desde la entonces Checoslovaquia inmerso en visiones en las que la abstracción exigía ser ella misma a partir de un núcleo que la regenerase de toda impureza.


Ese volcán toma forma y consistencia, expulsa radiaciones de color que se van expandiendo en movimientos circulares y dinámicos, ingrávidos y etéreos, en hileras de humo y fuego que se nos acercan.


Recrea un clima que parece que nos va a succionar e introducir en un ámbito de energía cósmica, en el que podemos dejar que nuestra mirada flote y se diluya en estratos de luz inagotable.


Kupka fue un precursor injustamente olvidado al que un día habría que hacer justicia, si es que este concepto cabe en unas latitudes de epidermis tan voluble e ingrata.


Sigo siendo un vagabundo solitario en este infiel malecón que hoy me cuenta una fábula y mañana me abruma con su desidia.


Y de tan solitario me he hecho invisible, pues ni las nereidas mestizas me incitan con su desaire ni las sirenas pardas me dedican su canto. Menos mal que el ron alivia la penumbra de un insomnio que nunca cesa.


ART BRUT


Jean Dubuffet, al acuñar el término "Art Brut", no pensaba en la institucionalización de una nueva teoría con la que dar a luz una manifestación artística que había germinado en ámbitos ajenos a los habituales. Únicamente reflexionaba en que el desvalimiento, abandono y desamparo tenían necesidad de expresarse, de dar vida plástica a la verdad de un universo huérfano.


Por eso, al producirse su irrupción, el desconcierto fue brutal, tan es así que todavía sigue dando lugar a ilimitadas dudas.


Dubuffet, a través de esta obra, nos obliga a posar nuestra reticente mirada en la verdad que se revela tras lo grotesco o irrisorio: una humanidad arrinconada en cuartos oscuros, en subterráneos invisibles, en guetos sepultados, y que, a pesar de todo ese abatimiento, trata de proclamar su propia existencia mediante una estética que le confiera un espacio donde crear.


Estoy encerrado en el taller en sombras de Humberto tal si fuese la caverna de Platón. Intento inútilmente escuchar los ecos de un malecón en plena fiesta dionisíaca, y procuro ver más allá los que fueron cayendo en el infierno del dolor. Pero el silencio y la ceguera no me abandonan, me han adoptado para que no me pierda en los laberintos habaneros de lo inconfesable.

PRIMER AUTORRETRATO


Como Acteón no había recibido sepultura, su espectro se entregó a la comisión de iniquidades entre la población. Consultado el oráculo de Delfos, éste ordenó que se le erigiera una efigie y se la colocara sobre la misma piedra sobre la que se manifestaba el aparecido. Una vez inmovilizada la estatua en ese lugar dejó de perseguir a los humanos.


Conocido este augurio, Víctor Argüelles, artista mejicano autor de esta obra, "Pespunte del primer autorretrato", hecha en acrílico y costura sobre papel, se conjura a sí mismo para no seguir siendo su propia pesadilla aunque la ha padecido tanto que sería incapaz de pintar sin ella.


Al crear su propio espectro, deja que sea su dimensión plástica la que entenebrezca su pensamiento, que ha hecho de la costura y del medio tronco los lazos que miden las facciones de su propio destino.


Sugerente trabajo que compagina tinieblas incandescentes con un esbozo de geometría fosilizada, esta última amenazando a un rostro que grita cuando ya no le queda aliento.


A este maldito malecón ya no le quedan vaticinios ni profecías que ofrecer, sólo sabe decir mentiras con apariencia de verdades. Por un lado, la Noche, el Silencio, el Olvido; por el otro, la Luz, la Alabanza, la Memoria (Marcel Detienne).


Me retiro en soledad a la penumbra para que mis huesos no adviertan, después de tanto ron, que son rocas enterradas bajo el silencio.

VAGÓN DE TERCERA CLASE


Miles de trenes están en constante movimiento por todo el mundo. Ellos mismos son portadores de mensajes a través de los millones de vidas que transportan, pero también son los vehículos que en cada viajero depositan un poso de incertidumbre, de tristeza por lo que se deja, de melancolía por lo que se pierde o de alegría por lo que se reencuentra.


Honoré Daumier, artista francés pionero del expresionismo, en esta obra, "Vagón de tercera clase", ha concentrado en el patetismo de esos personajes la pobreza y la sumisión a un destino cuyo fatal desenlace está decretado. Y que ha sido el mismo que tuvo la vida del pintor, asediado en sus últimos años por el abandono, la pobreza y la ceguera.


La atmósfera que irradia desde una oscuridad sin salida ilumina lateralmente la fatalidad de unos viajeros que denotan la carencia de una convicción de plenitud que, con el fluir del tiempo, se escapa de los hombres.


Memoria, diosa titania madre de las Musas y hermana de Cronos y Océano, ha olvidado a un malecón que arrastra una abulia de siglos y una desidia de centurias. Sobrevivir en la diáspora nocturna no es un itinerario que facilite el encuentro de dioses y hombres. Al faltar los espejos ya no nos podemos ver reflejados en aquellos.


Sin mi amigo Humberto soy incapaz de estilizar este mar antillano y de pintar su mente, ni siquiera el leve rastro de una gota de sal abrasando mi piel. Espero su vuelta en su taller con una pareja que habita el acero.

EL TRIUNFO DE LA MUERTE

  • En esta obra de Valdés Leal, "El triunfo de la muerte", la osamenta, ese desnudo integral del que nadie disfruta, rodeada de innumerables objetos eclesiásticos y suntuosos, símbolos de la vanidad de la existencia, es un signo religioso e ideológico que a través de una representación sombría, entre lo fantástico y lo real, suscita temor, subyugación, rezo, recogimiento y virtud. Juega con el umbral de un futuro al cielo, purgatorio e infierno.



  • Por el contrario, este cadáver, producto de la técnica de la "plastinación" practicada por Gunther von Hagens, da lugar, al mirarlo, a un cúmulo de sensaciones desprovistas de cualquier idea de trascendencia. Ya estamos ante otros hábitos visuales y sus correspondientes significados.
  • Dos épocas y dos contextos históricos, sociales y artísticos muy diferentes, pero son dos ejemplos de proyección a una cultura de masas, que en el primer caso se dirige a un espectador que es ignorante y está aterrorizado, aunque se le exige total reverencia. Mientras que en el segundo, el efectismo, la morbosidad y la sorpresa se alían para configurar los elementos propios de un lenguaje afín a su tiempo.
  • Dos visiones, dos escenarios que se complementan y formulan dos síntesis y dos sintaxis, en las que la tecnología y la ciencia señalan un antes y un después.
  • Hoy, el malecón, en lugar de desnudarse al llegar la noche, se ha vestido y acicalado. No quiere que sus habitantes lo encuentren melancólico y desdeñoso, pues tiene que atraerlos para devorarlos, sobre todo cuando son vírgenes y les queda mucho por gozar. Cuando están dentro de su seno los acaricia y penetra y no deja que emerjan hasta que ya son su propia metamorfosis.
  • A los que estamos en la eterna penumbra no nos molesta, al fin y al cabo somo seres que sobrevivimos invisibles en la sombra.





FRIDA DE DIFUNTOS


La de Paco Chika, joven artista extremeño, es una estética con la que ya estamos familiarizados, eso es seguro, por lo que de nada sirve extenderse sobre ella.


Por el contrario, sí que interesa destacar que la visión que aporta en esta obra, "Frida de difuntos", dota a sus iconos de un papel transgresor con el que sumir nuestra mirada en la ironía de lo posible o de lo imposible. Tal es como el virtuosismo y la representación se aunan para que el enfoque plástico sea una realidad cruzada con el simbolismo de una tradición.


Y con ello refrenda toda la historia de un estilo y un formato que se remonta al primer cartel moderno creado por Henri de Toulouse-Lautrec.


Paseando de madrugada por el malecón entre hambrientos de nada y nihilistas de todo, me viene a la cabeza la reflexión impensable que se hace Hans Sedlmayr sobre el arte moderno en relación al "predominio del espíritu inorgánico y el esteticismo y su adaptación al punto de vista humano".


Incapaz de dar con la cuestión que me permita dilucidarlo -de ahí lo impensable-, continúo con mi paseo a la espera de que el amanecer anegue este rincón que hasta ahora ha estado colmado de compañías compartidas y ensimismadas.

RETRATO Y PERFIL

Me he mirado y me he reconocido sin dificultad. Asgern Jorn, el artista danés de COBRA, me ha devuelto un perfil y un retrato ambivalentes que creía perdidos. Y además mediante una técnica como la de collage, gracias a la cual tú mismo eres capaz de reconstruirte.


Y recobras esa disposición de adentrar en el enigma de tu cabeza pegando recortes de papel que articulados sufren una metamorfosis, en virtud de la cual tu realidad y la suya son una misma.

Sus mínimos rasgos dan fe de tu fragilidad y fealdad, de tu débil naturaleza, de una historia cuyo final se desvanece en la locura.

Son resumen, y también sarcasmo, y además una continua transgresión de unos valores que se han erigido como eternos aunque se hayan corrompido después de tanto exponerse por una senda extraviada.

Y yo sigo padeciendo la soledad del vagabundo en un malecón que no se despierta nunca. De noche sueña y vive, de día duerme para no ver los fantasmas hostiles que se arriman a sus muros en busca de la carroña que el alma nocturna ha abandonado en la lepra de sus piedras.

Cuando la luz alcanza la penumbra, tomo un trago de ron y comienzo la ruta de regreso, siempre por la sombra, no vaya a tropezar con una claridad que ciega primero y mata después.




GRAN APAGÓN


Pedro Pablo Oliva, el gran artista cubano, es el culpable de este "Gran Apagón" que dejó el malecón huérfano de vírgenes mulatas y empachado de soledades fortuitas.


Y yo me he quedado solo en él pues mi amigo Humberto se ha ido a colonizar la Galia con su pintura, cargada de rostros que debido a su fealdad no se permiten soñar. Sean o no fantasmagorías de la razón o de la enajenación, son iconos de la cubanidad que se expresa con un propósito perpetuo y fechitista.


Oliva, en cambio, es cara y cruz de lo que siente según lo va creando, por eso pinta una humanidad enana, tirada en una esquina, absorta, como muñecos dormidos o muñecas insomnes, pensadores de lo absurdo de una existencia que nada tiene que ver con ellos y cuando lo tiene es para hacerles más pequeños e impotentes.


Coreografía tierna e irónica, de luces y sombras, de cuentos de hadas y de lobos tozudos, que siempre nos encuentran y ya no nos abandonan.

MERODEANDO


Estos músicos merodeadores que acechan nuestra mirada nunca descansan. Te despiertan al alba y ya te están interrogando con sus instrumentos. Les parezco un ser horroroso y fanático, perteneciente a un género humano que siempre está odiándose.


Ellos conciben la belleza que encierra su naturaleza como la única vía para construir una vida en paz, lejos de la barbarie humana. Jamás disputan, constantemente interpretan, dialogan e inquieren.


Son creadores de una obra que satisface sus propias necesidades musicales y estéticas y utilizan a un humano, James Ensor, como el catalizador de los significados ocultos que quieren seguir siéndolo, pues nunca seremos capaces de determinar ni dar por concluido hasta qué punto el espíritu humano puede sumergirse en sus secretos (Goethe).


Mi amigo Humberto y yo nos asomamos a su mundo, del que precisamos conocer su esencia para imbuirnos de su historia. Divisamos entonces un horizonte puro, autónomo, lleno de líneas desnudas, de concavidades escondidas, de hondas matrices, y quedamos absortos, en silencio, hasta que nos dimos cuenta de la que la esencia es ignorancia de su propia finalidad.


Perpetuamente nos enfrentamos a los dichosos y desdichados límites y perpetuamente renegamos por nuestro desamparo, que sin el ron sería un cercado para convertirnos en habitantes en tinieblas.

MIEDOS


Yo tengo miedo del otro, del que está enfrente de mí o detrás, del que me rodea, del que me habla y no me dice nada.


Veo sus rostros macilentos, feos, sus bocas asimétricas, sus dientes negros, sus orejas simiescas, sus narices aplastadas.


Tengo miedo hasta el instante en que mi autorretrato en el espejo o en el lienzo me equipara, me horroriza y espanta. Ya soy otro devorador de sus tiempos y los míos, por eso dejo que la sangre corra por mi cara y que al llegar a mis labios me entre en la boca y me duerma con su sabor.


Karen Apel ha empastado el color de esos sueños en soledad, meretrices insatisfechas por el pago, prostitutas irredentas que nos condenan a no llevar máscaras, a mirarnos, en la vejez, con el odio de nuestras desdichas y envilecimientos, con el rencor de ser mortales en un mundo que ha decidido dejar de serlo.


Hoy no podemos faltar, es alba de resurrecciones en un malecón que ampara a un mar mestizo y sinuoso plagado de ondinas filiformes y habitantes hambrientos de cuerpos fugaces. Con toda su majestad intacta, paseaba la hermosa mulata Jeanne Duval, de la que estuvo enamorado Charles Baudelaire y que describía como "bruja de flanco de ébano, hija de mediasnoches negras, más deliciosa que el opio". Después de verla, mi amigo Humberto y yo envejecimos porque ese inolvidable momento tuvimos que retribuirlo con veinte años de nuestro mermado tiempo.

ENCUENTRO CON LOS MÚSICOS


Siempre me ha fascinado la representación de los ojos y las manos en el arte latinoamericano, ellos solos podrían escribir, y de hecho lo hacen, toda una historia de dolor y sufrimiento.


Son ojos que se han hecho grandes de tantos amaneceres duros y crueles en una geografía hostil, en una tierra que da para los que ya tienen y es árida para los que necesitan. Ojos con un hambre que de tanto maldecirla acaba en sangre.


Y unas manos enormes y ásperas condenadas a realizar un trabajo de siervos, a una vida de esfuerzos inútiles y pieles marchitas nada más nacer.


En el artista peruano, Juan Carlos Ñañake Torres, y en esta obra, "Músicos", se cruzan corrientes estéticas europeas y americanas en aras a configurar un universo apegado a sus propias raíces, al de una figuración que ensambla planos cromáticos pálidos y atenuados en una geometría de cuerpos que quiere ser símbolo de alegría y sempiterna resignación.


Podríamos hasta perdernos en referencias heterodoxas a vidrieras y retablos que emergen desde altares precolombinos o iglesias bizantinas. Sea lo que sea, Ñañake los ha bautizado de nuevo. Y han prendido en nuestra mirada otro inédito imaginario visual.


Mi amigo Humberto le estaba dando vueltas en su cabeza a lo que un "atrás del palo" le acababa de decir: "Uno se muere de ser genio pero para comer tiene que haber dinero". Entonces, viéndole apurado, le conseguí el encargo de un retrato a una morocha rica. Cuando le llevé la buena noticia me dijo: "A mí con un buen trasero me basta, con tal de que la piel no rechace la luz".

LOS NAÚFRAGOS DE LA MEDUSA


Thedore Géricault, el gran pintor romántico francés, pintó esta gran obra maestra una vez que había abruptamente roto sus relaciones con la mujer de uno de sus tíos, dejándola embarazada y desamparada. Fue expulsada al campo y su hijo dado en adopción. El escándalo se mantuvo en secreto hasta un siglo y medio después.


Atormentado por la culpa y la cobardía, se encerró durante dieciocho meses hasta dar por terminado el inmenso cuadro que presentó al salón oficial parisino en 1819, cuando contaba la edad de 27 años. En él se refleja el dramatismo incontenible de otra traición, la del capitán del "Medusa", que ordenó cortar las cuerdas con las que remolcaban a las 147 personas que se refugiaban en la balsa. Sólo se salvaron diez y algunos de ellos gracias a haber devorado los cadáveres que les rodeaban.


La desesperación del pintor cuando supo que no sería comprada por el gobierno fue enorme pues le dejaría sin el gran reconocimiento al que aspiraba. Entonces era el cuadro histórico el que daba la verdadera talla de un pintor.


Géricault ha tratado de expiar su traición con la obtención de la gloria por su ensalzamiento como creador de una monumental obra que recoge la inmensa tragedia fruto de otra traición. Pero fracasó.


Dos traiciones, dos tragedias. De una nos queda un testimonio inconmensurable, de la otra, la desventura de un artista que intentó después suicidarse varias veces hasta que finalmente, debido a una caída de un caballo, murió a los 32 años.


Mi amigo Humberto y yo hacemos cuentas y no nos salen las innumerables traiciones que tuvieron cabida en este malecón malhadado. Y al empezar con las tragedias tuvimos que detenernos, eran tantas que ni en los kilómetros hasta el puerto cabían. Mejor dejar que su memoria se pierda al sol de la mañana pues ya la sombra sabrá depositarlas en el recuerdo dormido de unos habitantes que ignoran que el sueño es una gran derrota.

UNA MIRADA SOBRE EL SUFRIMIENTO


La artista alemana Kathe Kollwitz nos legó una obra en que el sufrimiento y el arte, sin una voluntad inicial predeterminada pero que al final se manifestó como el fondo del pathos del que partir, se fundieron en una aleación de muerte y horror.


En esos dibujos quedó testimonio irrevocable de los años de acero del siglo XX, en que el hambre, la guerra, la miseria, el dolor, la muerte, hicieron que de sus manos temblorosas, heridas y agotadas, las fisonomías alcanzasen otra realidad, un espanto que se grabó como divisa de una humanidad que luchaba por su supervivencia y también por su derrota y extinción; ésa es la contradicción reflejada, con una mirada ciega, en un rostro que ya dejó de huir de tan ominoso horror.


El arte nos hace más visibles, más sublimes y palpables, estos delicados trazos de lo que nunca querríamos ver pero que están ahí. Y nos queda mucho silencio para contemplarlos.


Mi amigo Humberto y yo asistíamos a un día de difuntos en el malecón. Del ron trasegado se alzaban letanías en pos de vernos en la otra orilla antillana, pero el murmullo marino se tragaba nuestros rezos para evitar huidas de unas bendiciones execrables impartidas por las locas hechiceras que habitaban la penumbra.


CORAZÓN VIEJO


En Baja California nos encontramos con un artista mejicano, Roberto Rosique, y este "Corazón Viejo", que él ha construido con la magia de lo que hay dentro de lo físico y que está esperando que un buen explorador lo halle.


Los creadores que conciben y fecundan desde esta base material sus métodos de expresión poseen como una mediación orífice que les permite adentrarse con gran facilidad en estos terrenos y superficies, conociendo en cada momento el potencial característico de su naturaleza y su adaptación al proyecto del artista.


Y de esta forma se llega a la plasmación que viene después, la que conforma el encaje de la obra al lenguaje del tiempo mediante los rasgos estilísticos que le confieren autenticidad y autoridad, la que hace que nos seduzca por abrirnos una imagen, una visión, que guía nuestra mirada por unos cauces que intuitivamente estábamos esperando para saciar nuestra sed de ver bajo otros espejos.


Roberto lo ha conseguido por llevar permanentemente su oficio a apelar a instancias cada vez más plagadas de recursos, estímulos y consecuciones plásticas paralelas entre realidad y vida.


En esta obra, el corazón, un inmenso pulpo, se agarra inútilmente a una coreografía que lo está enterrando en un túmulo de acero para que su descanso eterno sea un colosal lamento. Así sea.


Sentados en el malecón bajo un día que se está convirtiendo en noche, le pregunto a mi amigo Humberto si sería capaz de pintar el silencio. Me contestó, sin dudarlo un segundo, que por supuesto, que sólo necesitaría diez ocas, veinte gallinas, cinco perros, tres jicoteas, dos puercos y una arrebatada. Enmudecí.

CHAMÁN


Las huellas del horror, los rastros de una vida encubierta, los indicios de mundos zoomórficos, pueblan nuestro imaginario de delirios.


Joseph Beuys, considerado el artista más influyente en la última posguerra alemana, oficiaba de chamán (o por lo menos tal función se le atribuía) extrayendo del mito, de la materia, de la leyenda y el folclore, iconos que representan el poder, la violencia, la amenaza, la agresión, aquello que, en definitiva, tomamos como fruto de nuestras propias pesadillas.


Son símbolos de los que ya no podemos prescindir, un referente en nuestra visión contemporánea y que forman parte de una introspección a la que en todo momento estamos abocados.


Cuando llegué al taller de mi amigo Humberto, estaba ante un lienzo con un loro en el hombro. Le pregunté para qué le servía y él me contestó que le ayudaba a no desviarse del camino trazado.


De lo cual me di cuenta después, cuando una fogosa mulata pasó ante nosotros, que el loro exclamó: ¡atrapa ese contorno! ¡Ahorma ese pubis! ¡Perfila esos senos! ¡Levanta ese trasero!


Al final, aprendimos a ver con los ojos del maldito pájaro -que se proclamó el mesías de las aves pintoras-, pero para entonces viejos, ciegos, cojos y cansados como estábamos, ni al tantear y acariciar con la mano, pudimos saber si era una virgen mestiza o albina impura. ¡Tanta impunidad hay en el oficio de forjar quimeras para un futuro sin presente!

BOCA ABAJO


Las imágenes boca abajo provocan sensación de vértigo, de pérdida de equilibrio, de caída mortal y hasta de fin del mundo.


Gorg Baselitz, artista alemán, que desde 1968 sólo pinta sus obras boca abajo, plantea un desafío al espectador conforme a lo que él concibe como una percepción racionalizadora, consistente en la inversión del orden de apreciación del objeto visual, comenzando primeramente por lo matérico, la textura y el color.


Pero también emplaza al observador para que la mirada, desconcertada y sin puntos de apoyo, busque dentro de sí las referencias más irracionales e inverosímiles con las que confrontar este nuevo enfoque de la idea plástica, en un intento desesperado de componer un nuevo orden.


Tal formulación pone a prueba nuestra capacidad de recipientes y receptores y suscita un dilema que aborda la persistencia de convenciones y prejuicios, la primacía del sentimiento y emoción de lo estético, la adaptación a las transformaciones en nuestras relaciones con la imagen y los derroteros del hecho artístico.


Y en este terreno, además de los recursos ideográficos con los que contamos, también juega la visión de lo que queremos y nos imaginamos como contrapunto de lo que somos y donde estamos.


Al penetrar en el taller de mi amigo Humberto me encuentro en el caballete un retrato de mujer de cuerpo entero. Me extrañó porque últimamente sólo pinta jergones desnudos en cuartos oscuros, donde se echa a dormir para palpar soledades.


El cuerpo estaba cubierto con un tejido de gasa que dejaba entrever sus armónicas formas. Se trataba de la mujer de un cliente, pero me aclaró que únicamente el rostro era de ella, el resto pertenecía a una modelo mulata que encontró en el malecón.


- ¿Y qué le ha parecido al cliente?


- ¡Triste miseria! Quedó tan complacido que lo primero que ha hecho es pedirme el teléfono de la modelo y salir corriendo a llamarla.

DIANA Y ACTEÓN/LA TENTACIÓN DE SAN ANTONIO


Cuenta Ambroise Vollard, en sus "Memorias de un vendedor de cuadros", que cuando organizó una exposición con obras de Cézanne, a uno de los lienzos, que representaba a unas bañistas desnudas al aire libre cercanas a una figura de pastor, se le puso un marco del que se le olvidó quitar el anterior título de "Diana y Acteón".


En las críticas se describió el cuadro como si efectivamente se tratase del baño de Diana. Incluso un crítico llegó a alabar la noble actitud de la diosa y el púdico aspecto de las vírgenes que la rodeaban, admirando especialmente el gesto de la doncella que extendía el brazo, como diciendo: ¡vete!


Poco después le pidieron al marchante "La tentación de San Antonio" para otra exposición. Como ya la había vendido se le ocurrió enviar, sin título, el cuadro de las bañistas. Los organizadores, al recibirlo, lo catalogaron sin más con el título de la obra que habían solicitado.


La crítica, esta vez, descubría la sonrisa hechicera y pérfida de una hija de Satán que trataba de seducir, no ya a Acteón, sino a un patético San Antonio.


Cuando Vollard contó a Cézanne lo ocurrido, éste le contestó:


¡Si no tenía asunto! He querido sólo recoger ciertos movimientos.


Encontré a mi amigo Humberto descargando su zozobra tirando piedras contra una valla. Me extrañó porque él es siempre muy cuidadoso en lo tocante a provocar daños a las personas y a las cosas. Y si lo causaba, lo reparaba inmediatamente. Iba a hablarle cuando de pronto irrumpió una moza morena y de buen ver que le gritó:


¡Mira, hermano, que mi rapaz está por ahí jugando y me lo puedes matar!


Él, sin levantar la vista, le contestó:


No se preocupe, mujer, que le haré a Usted otro inmediatamente!

MARTA PALAU (1934-2022) / CONGREGACIONES DE FUEGO

La catalana PALAU, recientemente fallecida, ha estado envuelta en los orígenes de una cultura autóctona y ancestral americana que ha marcado...