CASIMIRO BARAGAÑA


Casimiro Baragaña, gran maestro de las artes plásticas asturianas contemporáneas, ha sido y es un hombre predestinado a encontrarse consigo mismo en la pintura.


Y se la encontró y hasta podríamos decir que se desposó con ella desde el momento en que tuvo su primera idea. A partir de ahí tomó rumbo una aventura que se convirtió en destino y que hoy, a los ochenta y cuatro años, ha adquirido piel de historia.


Pero así y todo, Baragaña se considera un pintor que se siente insatisfecho de no haber captado aún la esencia más pura del color, de no haber agotado la geometría de lo exterior con la sutilidad de una línea que nunca llega a dejar de existir, que no ha acariciado con su pincel la ordenación que desvela el azar. Y creo que se engaña porque él ha dedicado millones de instantes a descubrir aquellas facetas y dimensiones del paisaje asturiano que necesitaron a un mago como él para transformarlo en una fantasía perdurable.


Transporta en su cabeza y en su mirada un bagaje inagotable de tonalidades, formas, densidades, imágenes y territorios de todo lo que hasta ahora se ha pintado, y con ello ha conformado una visión que ha ido depurando lo que percibía exteriormente hasta ir condensándolo en lo que cree que ha de ser una expresión que despoje a la pintura de todo aquello que no permita contemplarla en toda su auténtica dimensión. Meta que le hará seguir viviendo porque continuará pensando que le falta todavía mucho para conseguirla.


Mi amigo Humberto yo brindamos por un destino como el suyo, del que necesitaríamos su concurso para que en esta esquina sombría del malecón habanero alumbrase un modo de ver que estuviese ciego para lo que no fuese una revelación súbita de una realidad por pintar. Y bajo esa esperanza perduramos.

LOS SUEÑOS DE UN HABITANTE DESPIERTO


Mi amigo Humberto, en la gestación de todas sus obras, desconoce hasta qué punto puede controlar lo que contienen, lo que va a ir dentro de ellas, desde fuera, y por eso, guiándose por John Berger, deja que éstas lo cobijen y pueda habitarlas para desentrañar su misterio.


Y a la vista está que este lienzo rememora oscuros enigmas de un mar cruel e inhóspito si no sabes hacer morada en él, y sombrías semblanzas de una tierra dura e implacable si no te haces naturaleza con ella.


El habitante, radiante de una luz cósmica, se refleja en su sueño entre ambas fuerzas colosales y extiende sus alas para saber si el vuelo es el destino que anuncia poesía y esperanza.


Lo que ha querido pintar mi amigo Humberto es un territorio de huellas en su deseo de que lo inanimado cobre vida y anuncie nuevas, y lo ha hecho a partir de un exorcismo que ampare la mirada de angustia de nuestro ser.


Al caer la noche, erramos por el malecón en busca de cuerpos que nos alberguen de esta indigencia de caricias y ron, pero al vernos se apartan, pues nos conocen y saben que somos fantasmas irrecuperables de comarcas de penumbra.

AURA


Mi regreso de las brumas del norte trae nuevas sombras con las que esconder lo que no tiene nombre.


El que no se esconde es este joven pintor chileno, Axel Lovengreen, el que a través de esta tela y de toda su obra, busca desesperadamente cubrir la total superficie para huir del vacío, para que haya una sed de infinito que lo envuelva continuamente.


Él quiere que haya mucho que mirar, quizás demasiado, por eso transforma esa formulación cromática en signos de un destino que intenta explicar desde presupuestos netamente plásticos.


La trama nos envuelve en su torbellino por su condición de ser esencialmente óptica, no hay ningún otro orden de referencia, pues no se necesita para que esa pesadilla, a la manera de los "drippings" de Pollock, quede fijada en el espacio.


El gesto es lo que delata esa lucha del pintor consigo mismo, visualiza un destello para ocultarla cuanto antes, y en ese atisbo se perciben los esfuerzos, los movimientos, las dudas y las indecisiones. La frondosidad de los colores avivan las fuerzas y convierten los acontecimientos.


Mi amigo Humberto y yo hace días que no nos vemos y cuando nos encontramos apaciguamos una búsqueda que no da frutos por separado. Nos asomamos al malecón en esta noche de desvelo y contribuimos con nuestro silencio a que las negras sirenas calmen sus ansias de hombre.

MADONNA


A partir de hoy y durante una semana me abstraeré de todo lo mediato para guiarme en lo inmediato, en lo que se hace imperiosa exigencia en una comarca donde las brumas del norte no permiten otro naufragio que un exterminio sin más testamento que una última blasfemia.


Mientras tanto, os dejo en compañía de esta figura de mi amigo Humberto, que es su antítesis: orden de líneas y planos, coherencia formal, sus arabescos, sus símbolos, su armonía cromática, su gran plasticidad; valores formales, en suma, a través de los cuales llega a verse la majestuosidad de una madonna que en su perspectiva frontal cobra una dimensión renacentista y por su configuración en prisma una derivación trópicocubista.


Pero también caben otras aproximaciones, sin lugar a dudas, y otras apreciaciones, por descontado más atinadas, lo cual no obsta para que podamos admirar su belleza, que incluso tiene algún ribete clásico.


Voy a echar de menos nuestra esquina del malecón durante estos días, sus brisas y murmullos, las pieles morenas con que está purificado y construido, nuestros monólogos y soliloquios sobre lo efímero de una vida dedicada al arte, los aciertos y fracasos, el consuelo de un ron que al principio sabe a luz y después filtra la penumbra.


Hasta un siempre que es mañana.


MIJAIL VRUBEL


El tema de este cuadro, "El demonio", del pintor simbolista ruso Mijail Vrubel (1856-1910), le obsesionó toda su vida.


La personificación de una bella criatura luciferina como un ser andrógino encarna la ambivalencia que todo hermafrodita representa. Y es un dualismo -bien y mal, masculino y femenino, cielo e infierno, luz y sombra, etc.- que íntimamente nos persigue en nuestra andadura existencial. Él mismo, aparentemente, sentía con tanta intensidad tal binomio que la única forma de tenerlo ante su vista era pintarlo.


Consecuencia de ello, es su legado de un rostro impenetrable, rencoroso, con mirada de odio en un cuerpo de mortal belleza sobre esas alas de pavo real rotas que simbolizan su degradación y expulsión de un presunto imaginario que ya no nos conforta porque hemos perdido la fe en una historia no irredenta.


Vrubel vivió loco y ciego durante los últimos años de su vida y puede decirse que él mismo se la quitó al exponerse desnudo al mortífero frío siberiano del invierno. Murió poco después de neumonía.


Nosotros, mi amigo Humberto y yo, padecemos de otro modo esa angustia, pero la sobrellevamos a través de visiones que entre el ron y ultratumbas llevan a fronteras en que el sueño dibuja un malecón candente de diosas mestizas concediéndote favores de caricias interminables. Mas nunca arriba esa quimera a esta esquina del malecón, por lo que seguimos viviendo condenados a este dueto de poca luz y mucha sombra.

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MUTILADOS


Estas criatura fetos del pintor argentino Federico Taboada son perfiles y contornos de una estética que abomina de lo idealizado, de lo embellecido, incluso de lo sublimado.


Deformes, incompletos, mutilados, habitan zulos cerrados debajo de nuestros pies y viven ahí porque son la conciencia de nuestra condición destructora y defecadora. Condición que estamos obligados a visualizar para no perderla de vista, que es lo que Taboada, desde patrones baconianos pero con indudable brío plástico y funcional, hace al situarnos esta obra ante la mirada.


Y es que ese ámbito de desmesura nos produce angustia, rechazo, hasta momentos de alucinación o enajenación. Ya Cioran, el filósofo, nos dijo que somos "dóciles a la maldición, no existimos más que en tanto que sufrimos y sólo la voluptuosidad del sufrimiento convierte a la existencia en destino".


Es decir, estamos ante un sistema de referencias irracionales anclado en una sociedad y un tiempo determinados, en una realidad contaminada por nuestra indignidad y miseria.


El vendaval amenazaba a La Habana y el malecón gemía. Sus habitantes lo habían dejado solo y nosotros, Humberto y yo, no nos pudimos acercar a fortalecer su ánimo con tragos de ron. Regresamos a un taller que se trocaba zulo cuando llegábamos empapados de infortunio.


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PARAÍSO


Ya sentíamos el aliento del crepúsculo cuando mi amigo Humberto, conmigo de asistente manual, daba las últimas pinceladas a este lienzo investido de decadencia.


Habíamos hablado de un paraíso y de cómo volver a él; y entonces se le ocurrió esta creación de formas cinceladoras de unas carnes rebosantes, abundantes y dadivosas a lo vertical y a lo horizontal, embutidas en unos cuerpos esplendorosos y ávidos de goce.


El ave nos procuraría el instrumento del conocimiento para inmolarnos en este festín de sensualidad que ilumina una penumbra profética, que no nos trae más que ecos de una tierra perdida y en trance de desaparición.


Si el ocaso fuese la disipación en ese elíseo durante toda la eternidad, mi amigo Humberto y yo formaríamos parte también de esa plasmación del éxtasis plástico, ni hablar de quedarnos fuera.


Sin embargo, expulsados del edén seguimos, borrachos de imaginación y enfermos de fantasía. Tan rotos estamos que ni siquiera el malecón nos habla, nos hace reposar en la niebla y el olor del ron. Y de nuevo nos cubrimos con la máscara de una penumbra que nos tiene presos de por vida.




MASCARADA


Siempre que veo una mascarada, como ésta de Ensor u otra de Gutiérrez Solana, me deja fascinado la eficacia en el uso de unos recursos estilísticos con los que estos artistas obtienen esa estética de la crueldad.


El pintor, muy astutamente, ha sabido percibir la plasticidad de un tótem que gracias al secreto de la expresividad de que hace gala, consigue que la representación agote todas sus posibilidades.


Y tan es así, que la máscara por sí misma se convierte en persona que sabe reír, gesticular, bromear, aunque nuestra mirada, desvelada la incógnita, observa en sus rostros la podredumbre que la muerte al final nos depara. Por eso, necesitamos que nosotros seamos esas máscaras para engañarnos durante ese breve camino desde el despertar hasta la putrefacción. Un descendimiento -ese mortal signo cristiano- que no nos ahorra sufrimiento aunque nos agarremos al gozo desesperadamente.


Hoy el malecón nos saluda con un grito metafísico de presagio: la Venus del Caribe hará una visita y bendecirá a todos los moradores de este rincón marino. Mi amigo Humberto y yo, sin máscaras que nos oculten, recogimos la botella de ron y nos encaminamos fuera de esta frontera que con tal llegada se transformaría en un priorato de azabache y negrura. Nosotros deseábamos unas horas de luz que alumbrasen la pintura del crepúsculo.

EL TALISMAN


Una famosa tapa de puros fue en su día el faro de una nueva concepción plástica.


La historia parte de aquel grupo de pintores que alrededor de Gauguin se reunían en el pueblecito de Pont-Avent de la Bretaña francesa para, al hilo de su magisterio, abordar nuevas experiencias pictóricas.


Uno de ellos, Paul Sérusier, le pidió pasar una mañana pintando junto a él. En el transcurso de la misma tuvo lugar este diálogo:


"¿Cómo ve este árbol? ¿Es realmente verde?, le preguntó Gauguin. Entonces ponga verde, el verde más bonito de su paleta.


¿Y esa sombra es un poco azul? No tenga miedo de pintarla tan azul como sea posible".


Al volver a París, Paul les enseñó a sus amigos la caja, "en la cual se podía adivinar un paisaje sin forma, sintéticamente expresado en violeta, bermellón, verde veronés y otros colores puros, tales como habían salido del tubo, sin mezcla casi de blanco" (Maurice Denis).


Así se gestó este pequeño paisaje al que le fue puesto el título de "El talismán".


Mi amigo Humberto concilió el fondo de esta historia con él mismo y huyó hacia una materia en que hubiese tanta vitalidad como color. Cuando lo alcancé estaba todavía en blanco pero la sangre ya empezaba a empapar el lienzo. No encontré otro rojo más auténtico, me dijo. Y amparado en la penumbra comenzó a pintar escribiendo.

INCAPACIDAD


Yo nunca sé ver un cuadro, sólo lo percibo gracias a la intuición de una mirada que busca insistentemente las señales que se supone que debe emitir. Cuando las encuentro, considero que he de acentuar el conocimiento, examinar cuál es la concepción que me sirve en esa mutua interrelación.

Estos lienzos de mi amigo, el pintor cubano Humberto Viñas, constituyen una realidad que quiere explayarse con lo visible desde lo abstracto invisible de lo musical: unas mujeres fornidas desnudas que con su violonchelo inundan de notas melancólicas un malecón silencioso que estuviese aguardando una muerte largamente anunciada.




  • Y hacen posible lo imposible: una transfiguración que nos permite verlas a nuestro lado, tocar su piel, acariciar su cuerpo, besar sus diminutos senos. Lo peor fue que tanta belleza se diluyó cuando, a traición, llegaron las sombras y los sones melodiosos retornaron a su naturaleza original de sonidos vibrantes.
  • Ya en el taller, insistí en que mi mano condujese la suya y no al revés; tenía derecho, después de tantas telas coloreadas, a pintar sabiendo, por fin, ver. Pero no fue posible; él, ante mi impotencia, retomó la dirección y, como gran demiurgo de penumbras que era, ordenó siluetas, formas, líneas. La gran mancha rojo de fondo -la quiero llamar así- anegaba de llamas un icono musical dedicado a Eros (el rito dionisiaco del cuerpo por delante de la cabeza). El blanco rosado de la carne se consumía en ese incendio y los cuerpos se movían a la captura de ese éxtasis sinfónico magistral.
  • Al llegar el alba se nos había acabado el ron y no sabíamos si había sido una revelación o fruto de un anhelo que nunca habíamos dejado de perseguir. Pero no, allí estaban y allí las dejamos que siguieran pulsando un aria que se prolongase en esa eternidad sin horas que a mi amigo Humberto y a mí nos está alcanzando.

LOS SIMBOLISTAS


Delacroix, en una de sus declaraciones, auguró la aparición de los simbolistas:

"En su alma el hombre tiene sentimientos innatos que los objetos reales nunca lograrán satisfacer, y la imaginación del pintor y del poeta pueden dar forma y vida a estos sentimientos".

Con ello ya estaba proclamando el nuevo sesgo que la pintura había de tomar, una dirección que abandonaba la mímesis de lo exterior para hacer visible lo interior.

Y añadía:

"Hay un viejo fermento, una tenebrosa profundidad que pide satisfacción".

En estas palabras se condensa lo que después serían las preocupaciones estéticas de un Gustave Moreau, un Pierre Puvis de Chavannes o un Odilon Redon, sin olvidarnos de Gauguin.

Maurice Denis, ya en ese camino, escribía a Edouard Vuillard: "cualquier emoción puede ser el tema de una pintura".

Y Gustave Moreau, uno de los grandes protagonistas, manifestaba que "creía sólo en lo que no veía y únicamente en lo que sentía".



  • Odilon Redon, otro de los grandes protagonistas, decía:
  • "Quiero hacer vivir seres improbables como seres humanos en cuanto sea posible, aplicando la lógica de lo visible al servicio de lo invisible".
  • "Someter las tormentas de la imaginación a las leyes del arte para llevar al espectador hasta las fronteras del pensamiento".
  • Como colofón, hemos de señalar que los simbolistas consideraban el arte no sólo distinto a la vida sino superior a ésta, en el sentido de que la verdadera es la creada por el arte. Fueron asimismo precursores del surrealismo, incluso del expresionismo abstracto, del tachismo o del realismo fantástico.





Mi amigo Humberto y yo, de camino por el malecón, inferimos que, además de ser él un simbolista a su modo, no había mayor angustia que retornar a un sitio donde no anidan más que símbolos que no consienten ser tocados, pero adoctrinan sobre su realidad. Cuando intentamos cogerlos se deshacen y nos dejan un aroma a sed insatisfecha que ni el ron puede saciar.

RAFAEL PIEDEHIERRO


En Rafael Piedehierro revive el artista renacentista. Pintor, escultor, ceramista, fotógrafo y poeta, en él desagua un manantial de múltiples fuentes culturales, pero todas encauzadas a la idea del hombre y su destino.

Mantiene un duro pugilato con lo que la naturaleza humana va desvelando de sí misma y de ese combate siempre sale con magulladuras, aturdimientos y tristezas. Su obra, y en concreto la serie "Las personalidades del hombre", es fruto de un melancólico escepticismo, un moderado pesimismo y un lúcido desconcierto.

Sus rostros son aullidos de nuestro futuro, trasfondo de nuestro pasado, gárgolas monstruosas que asisten a un corrosivo ceremonial mortuorio. Él, en su vertiente de escultor, como Rodin, modela sombras para descubrir el pensamiento y lo que descubre no quiere verlo.

Este artista y humanista extremeño tiempo tiene de seguir vertiendo pensamientos, signos, formas, en una labor constante que guarda significados en tumbas que después descubriremos como tesoros escondidos en cofres.






Mi amigo Humberto y yo desertamos de un taller al que ya le cubren clamores de silencio, y nos vamos al malecón a esperar la hora de las rumbas.

El mar sestea y las sirenas mestizas cantan como si se celebrara la fiesta de la libertad. No se han dado cuenta que a un himno sin ron, atabales y congas ya no le queda nada de ella.

UNA CARICIA SIN MAGIA


Hay evocaciones inesperadas. Y esta vez le ha tocado a esta obra de mi amigo Humberto, que él titula como "La sin magia de la caricia", que configura el reconocimiento a partir de un lenguaje poético que se construye a base de rostros, gestos, brazos, manos y cuellos.


Las sensaciones se hacen realidad táctil porque las tonalidades tenues, casi transparentes, nos incitan a ir hallando caricias, rozamientos, ademanes, en definitiva, que nos identifican con esos cuerpos devorados por la angustia.


Es como un paisaje que se delimita a través de los miembros, que llega a la cima de sus cabezas a suplicar un descanso y un perdón, y que al mismo tiempo desemboca en una contemplación emocionada. Tal es el socorro a una manos que aguardan la fortuna de una simetría alada. Misterio que nos envuelve y se hace manifiesto, y además se proclama piel en nuestra piel.


Mi amigo Humberto y yo, agotados los ojos de tanta mirada ciega, pretendemos leer un manifiesto en el malecón convocando a todos sus habitantes. Llegaron casi todos en la noche y ya no cabían más. Nos dijeron que estando ciegos no podíamos declamar, así que se inmolaron en una danza que nunca acabó de terminar. Al amanecer regresamos a la penumbra llenos de sed para beber un trago de soledad.




ANTONIO LÓPEZ


Antonio López, por su enorme talento plástico, es un caso único e irrepetible en la pintura española. Su minuciosidad, virtuosismo y capacidad para extraer la máxima expresión de la materia, son sus plataformas para emprender y desarrollar un proyecto que da finalidad a una existencia y dota a nuestra historia íntima de la sustancia plástica que requería.


No hay alardes ni ostentosas concepciones visuales, hay imágenes que forman retratos de instantes que se esfumarían si él no los convirtiese en momentos imperecederos y trascendentales por ser simples notas solitarias en nuestro transcurrir, en nuestros encuentros y desencuentros, en unas búsquedas que no tienen fin.


Las pinceladas no se ven, están por detrás de esa frontera que se abre en un callejón oscuro, en esa pared que con sus cicatrices nos confronta y nos hace compartir el dolor de una humanidad que transita dentro de ella. Y no se ven tampoco en un Madrid que es su propio habitante, que ya no quiere otras soledades más que las suyas propias.


La pintura de Antonio López no nos engaña, nos obliga a ver tal como somos, la vejez y el paso del tiempo de lo que nos rodea, nuestro propio ocaso, y lo hace con la convicción de que no puede haber piedad ni conmiseración sino fuerza y penetración para construir una poesía lenta, precisa y desdichada.


Me voy con la tristeza de ver un malecón sin aullidos y sombras, sin los fantasmas de la noche que lo pueblan para saciar apetitos ansiosos de carnes oscuras. También debería haber un Antonio López para él. Mi amigo Humberto me ha dejado para ir a hallar la luz de su pincel en bosques oscuros. Sin ron dudo que la encuentre.

VENUS


Mi amigo Humberto y yo nos embarcamos ayer en una patera que surcó las aguas del malecón a la búsqueda de una Venus con la que disecar un lienzo.


Pero no nos pusimos de acuerdo si sería un icono idealizado, es decir, una Venus urania, símbolo del amor casto y matrimonial, o una Venus pandemia, la divisa de los voraces amores promiscuos.


El Renacimiento, le añado yo, señala otra distinción entre la Venus sagrada (que se representa desnuda) y la Venus profana o terrenal.


La intensidad de la discusión casi nos convierte en unos miserables Robinsones Crusoe del Caribe, perdidos como llegamos a estar entre sargazos ferruginosos, una noche deslunada y unas olas que nos pedían compartir su sufrimiento.


Al fin, varamos en el malecón, que por una vez no emitía más señales que las que hacían unas melifluas caderas desnudas cimbreándose al son de una ocarina maya.


La obra, "Custodia infinita", es fruto de este viaje por esas aguas insondables, de las que es difícil salir indemne dada la ebullición obscena de sus fondos lapidados. Y también de la influencia ovípara de una consorte valquiria que empolla las nocturnidades de mi amigo Humberto.


Cargamos con el fardo a cuestas y por el camino nos tumbó el ron, y con él por compañía aguardamos a saber qué Fidelio nos daría sombra ante tanta penumbra.

FIDELIO PONCE DE LEÓN


Me he levantado con el blanco penumbra de Fidelio Ponce de León, el magnífico pintor cubano, rodeándome sigiloso a la espera de mi propia captura como rehén del meláncolico aullido del alba.


Fidelio, alcohólico, tuberculoso, bohemio y ser doliente y dolorido por antonomasia, nos dejó pintada una hoja de ruta del sufrimiento humano, del que era imposible absorber más en ese color blanco que abrasaba.


Vivió pobre y murió más pobre, pero erigió un poema en el que el lenguaje de la congoja es más penetrante y mortífero cuando él lo ha expresado, por eso es uno de los pocos pintores del mundo que consiguió que su pintura se transmutase en carne desolada, atormentada.


Vio el fondo de lo humano hasta la raíz, y como pudo revelarlo en todo su desgarro, tuvo que humedecerlo en un aguardiente que lo mantuvo desfallecido de angustias y desesperaciones.


Mi amigo Humberto yo, frente a las aguas tristes que acunan el malecón, entonamos por él una plegaria muda, pues el hablar ofendería el poder del silencio.

KEIKO SATO (1957) / VERSIÓN DE UNA TIERRA QUE YA NO ES LA MÍA

Dice Gerard Vilar que el significado de las obras de arte cambia en el curso de la historia porque los tres mundos (objetivo, social y subje...