MARCEL DUCHAMP (1887-1968)


Del artista francés Duchamp ya se ha dicho todo y de todo. Fue objeto de múltiples estudios y referencia imprescindible de las vanguardias artísticas de las primeras décadas del siglo XX.


Acaso sobre él y su obra no haya más que comentar o analizar, y hasta sería superfluo, excesivo y redundante el insistir, pero quisiera remarcar un aspecto singular: el que en esta figura hay dos hilos temporales que se pueden considerar contradictorios; uno, en que la vida es lineal y transcurre hora a hora y día a día dentro de sus propios cauces, sean los convulsivos, violentos y arrebatados de la época; y otro, en paralelo, por el que su quehacer artístico agota etapa tras etapa en momentos, se podría decir que hasta en instantes, consumiendo de forma rauda fases, periodos, ciclos, ocurrencias, cambios, sin llegar a detenerse nunca.


Su intención y objetivo era poner en cuestión el arte, mantener un pulso con sus límites, con lo institucionalizado, aparentando una provocación que tenía más de reflexión que de artificio. Lo cierto es que en unos años puso siglos de distancia con una estética con todavía resabios neoplatónicos o neonominalistas que se negaba a desaparecer.


Todo ello fue el resultado de sus presentimientos e intuiciones, que marcaron orientaciones, múltiples direcciones y nunca le parecieron suficientes. Éste sea tal vez su mejor epitafio, el de haber sido siempre un inicio, el final lo dejaba para otros.

ROLAND PENROSE (1908-1984)

El crítico americano Greenberg, descubridor del expresionismo abstracto, no tragaba al surrealismo porque lo consideraba una pintura académica que estaba fuera de la historia del arte. Incluso algunos de sus seguidores juzgaban que no era arte.
Esa referencia la recogía Arthur C. Danto cuando decía que si el arte puro era el arte aplicado a sí mismo, el surrealismo era prácticamente la encarnación de la impureza, interesado exclusivamente en los sueños, el inconsciente, el erotismo y lo misterioso. Tal fue la tesis de Greenberg, quien definía al arte en términos absolutamente formalistas y antimiméticos.

El artista británico Penrose es surrealista y sería por tanto autor de una obra viciada, adulterada, contaminada de elementos y rasgos que ensucian ese código de valores. Sin embargo, creo que se merece otro enfoque y análisis desde bases distintas, desde ámbitos que no anulan ni derogan sino que se formulan a partir de léxicos en que lo plástico se pronuncia con desarrollos abiertos, posibles y potenciales. Incurrir en dogmas y discriminaciones conduce a la legislación de una pureza de sangre inadmisible en marcos conceptuales en los que caben por definición maridajes, mestizajes y mixturas, cruces y conexiones. Se trataría de enriquecer, no de excluir.
El trabajo de este artista choca con lo anodino de una sociedad como la inglesa y trata de confrontarla con sus miedos y fantasías. El que lo haya o no conseguido no depende de unos mandamientos o prescripciones sino de los valores pictóricos que cimenta y transmite.



ÁLVAREZ VÉLEZ (1949)

Si la futilidad envuelve el conocimiento que tenemos de nosotros mismos habremos de agarrarnos a una sensibilidad que acceda a anclarnos en un yo que se abra a otros lenguajes. Por eso, llegado ese momento, me sumerjo de nuevo en la obra de mi amigo José Luis Álvarez Vélez, pintor y escultor vasco, para que no me someta a una estructura de pensamiento sino que me vitalice con la sensualidad de su ortografía visual.
Y esa inmersión discurre por unos trayectos de su obra en los que la poesía parece desvanecerse de tan tenue y vaporosa que es esa mutación de sentimientos, tal que una melancolía que anida en una morfología de manchas que amorosamente se desean, mientras en otros el rito se eleva hasta conformar bóvedas de trazos excitados, refulgentes, egos esclavos de su implacable espíritu lumínico. En sentido estricto, son sendas de una pintura que deja huella de un paisaje sueño que no tiene referencia más que en sí mismo, que es como decir que su consistencia va más allá del marco que lo contiene para fijarse en el horizonte que guarda nuestra memoria.
Por lo tanto, lo inane se quedó en otro hemisferio, yo rescato algo de la lucidez que quiero que siga formando parte de mí mismo y el artista celebra la energía cósmica que emana de esa luz que impregna todos sus lienzos. En definitiva, ha de ser el recurso legítimo ante el que acudir en amparo por la amenaza de los círculos estrechos de lo insípido y fútil siempre en pos de mendacidades errantes.


ODILON REDON (1840-1916)

Cuando hay una fuerte densidad de brumas en el exterior, la falta de visión más allá de nosotros mismos, que es lo que nos sirve habitualmente de aliento vital, nos fuerza a mirar hacia el interior, a buscar la luz que no hay afuera en los intersticios de dentro.
El artista francés Odilon Redon vivió y pintó en el seno de un aura introspectiva, y lo hizo con un caminar pausado, meticuloso, pero infatigable, asistiendo y participando en la recreación de lo que estaba sucediendo en niveles de realidad nunca sospechada pero sí premonitoria.

Odilon fue un pionero que actuó desde un silencio callado, explorando lo que quedaba por hacer y aún sigue haciéndose. Y su quehacer experimental constituyó una plataforma desde la que apreciar y sentir la cantidad y calidad de misterio que inconscientemente ocultamos, el mismo que él hace resurgir a través de su dominio plástico.

Ha sido todo un maestro con el que compartir el conocimiento de lo que continúa bajo llave, llave que guardan unos pocos privilegiados, además de romper los moldes puros de la estética de entonces con los impuros que no aceptan ni aguantan reglas ni reconvenciones.



PAULA REGO (1935)

Hay entornos en los que las realidades son demasiado espesas y turbias, tanto como que piden a gritos propuestas concretas y diáfanas que no detengan la herida a infligir si somos espectadores sin ser observadores. La artista portuguesa Paula Rego, en sus obras, nos acerca sus habitantes lo suficiente para comprobar que lo táctil que existe en ellos se rebela, no quiere ser el símbolo de lo que no se necesita para cerciorarse de una estética envolvente de lo que fue y no llegó a ser.
La figura de la mujer se debate entre una cruda apariencia visual que no ahorra una carnalidad vestida o desnuda participante en ritos y ceremonias del desvivir, y una definición plástica que hace del ropaje cromático una reafirmación óptica de lo que acaece dentro del marco del lienzo. El color es el espejo de una atmósfera enrarecida que contagia de desasosiego a los integrantes de un espacio cerrado, pequeño y precintado, que nos transmite a nosotros y que aglutina los elementos básicos de una fuente emocional que se remonta a la exaltación romántica del mito de la verdad.
Pero ya no hay mitos a la carta, le digo a mi amigo Humberto, hay incertidumbres, percepciones falsas o una pintura que no esconde la crueldad que subyace en la forma de representar la integridad de lo que no puede negarse. ¡Y quienes somos para negarlo!


FERNANDO ZÓBEL (1924-1984)

  • Azota una brisa que deja en suspenso el color de lo que quiere ser. El instante es fugaz, se desliza en tenues oleadas que se incrustan en las retinas, que las invaden con el propósito de fecundarlas con la vivencia excitante de la plasticidad.
    • Mark Rothko decía que nuestra experiencia tiene un alcance infinito, pero que al mismo tiempo sólo somos conscientes de una parte infinitesimal de ella. Zóbel, el autor español de estas delicuescentes obras, agranda ese infinito hasta casi poder tocarlo, palparlo, hacerlo parte de nuestra respiración.

      • El artista ha atrapado y condensado esa realidad que le rodea, ese caudal de emoción y trascendencia y lo ha hecho un flujo que mana en la superficie del lienzo como un céfiro que discurre disgregando y agregando formas, retazos de vidas que continuamente pasan camino de su difuminación definitiva.Zóbel no ha dejado, por tanto, que se le escape la verdad del magnetismo de un lenguaje que tiene en la sensación primigenia su razón de existir.

    • Hace tiempo que por distintas causas no comemos bien. Y para imbuirnos de la nada, mi amigo Humberto atisba durante horas el espacio pero no ve a nadie ni me cuenta de alguien. Es triste que esté perdiendo el olfato del mito de tanta subyugación a un Malecón yermo y despiadado. Yo le acompaño en el infortunio y en el ron ya que mi mirada tampoco sirve en el acomodo y sustentación de creencias imposibles.





JOEL SHAPIRO (1941)

  • Shapiro, artista estadounidense, quiso que lo etéreo estuviese habitado. Imaginarlo colonizado no era difícil, mas sí lo era el tomarle el pulso a lo volátil, fraguar la hechura de lo que ha de ser aéreo y cuerpo de danza.
    • Son creaciones ante las que el espectador se queda estático para que ellas puedan ser movimiento en un ballet de sonoridad silenciosa. Lo aéreo ya ha encontrado el momento de hacerse carne, de expandirse y manifestarse en la luz, de bailar con el ansia acumulada de tanta vida aplazada.

      • El artista disfruta convocándonos a un paseo inmóvil en medio de una coreografía de formas mudables invitadoras de la exaltación. Nosotros aceptamos la llamada y nos sumamos a ella disfrutando de la placidez del baile.

      • Mi amigo Humberto y yo ensayamos por el día mímica. Y por la noche, el gesto. El Malecón desconfía pero ya es tarde para conciliar afectos.



KAY SAGE (1898-1963)

  • Se empieza buscando una nueva luz en el acervo plástico, se continúa después en la búsqueda de una memoria que creíamos perdida y se acaba encontrando paisajes astrales que emergen de una infraestructura constructivista recelosa del orden arquitectónico convencional.
    • Las obras de la artista estadounidense Sage abren perspectivas desnudas, construcciones que poetizan soledades, panoramas vírgenes desprovistos de reverberaciones y ecos, visiones que se agotan en sí mismas. Son monólogos corales que toman alojamiento en nuestro imaginario, que hacen vida allí y que nos susurran lo cerca que estamos, sólo a un corto viaje de sensaciones y vértigos impenetrables.
      • Para unos quizás sean fantasías escapistas, para otros refugios donde metamorfosear las tribulaciones de una realidad angustiante, pero lo cierto es que renueva espacios visuales que son y serán necesarios en nuestros naufragios de cada día.

      • A mi amigo Humberto le digo que si el Malecón únicamente puede manifestarse al hombre en lo finito y medible, lo visible es libre en su mensurabilidad ilimitada. Por lo tanto, tienes que abordar tu pintura desde la base de que lo infinito y lo absoluto no se excluyen, sin importar que el primero ya no sea y que el segundo nunca se haya visto.



GERMAINE RICHIER (1904-1959)

Señalaba Ramón Llull que nada de los signos estelares pasaba a los cuerpos de dignidad inferior. Éstos nacían privados de esta naturaleza y de sus propiedades esenciales si bien dejaban en ellos sus semejanzas y éstas son lo mismo que las influencias que ejercen.
Tal parece que la obra de la artista francesa Germaine Richier haya tomado en consideración y adaptación esta formulación doctrinal por cuanto en el tránsito de la potencia al acto las citadas influencias se sirven de las cualidades de las materias inferiores y ello por obra de una sustancia superior que no podría ser otra más que la artista en su condición significante y procreadora.

Pero esa inferioridad, que no participa de las propiedades esenciales, desafía a la semejanza al revestir deformación, alteración, imperfección, y su causa radica en la índole de lo humano, con su naturaleza irredenta y ciega. Y la escultura no puede disfrazarlo.

Incluso el Cristo crucificado se ve sometido a esa condena y sufre por ella. ¿A qué viene tanto escándalo? Quizás es la propia materia que corrompe la que se ha apropiado de él para culminar su venganza. Y eso por verse despreciada y mutilada. Tiene perfecto derecho a reivindicarse.

Y finalmente, no me he resistido, por eso del mismo apellido, a incluir una obra de Ligier Richier (1500-1567), el artista también francés iniciador del estilo renacentista.

Le digo a mi amigo Humberto, una vez estacionados en nuestra esquina del Malecón, que su compatriota Desiderio Navarro me remite a Kagan a la hora de definir el objeto de estudio de la estética, planteando que no sólo es el arte, sino un sistema comunicativo, cuyo primer eslabón es el artista; el segundo, la obra artística, y el tercero, las personas que perciben el arte. Él simplemente me especifica que dejemos el análisis pero sin necesidad de que sea en el mismo orden. Estoy de acuerdo. Y seguimos oteando un horizonte vacío y desconsolado.





MIMO PALADINO (1948)

Paladino, artista italiano relacionado con la llamada transvanguardia, estuvo donde necesitaba ver, contempló lo que vislumbraba en lontananza, percibió lo que sería su quehacer y retornó.

Y se empeñó en una pintura que al mirarla nos hace evocar su propia historia, los conceptos propios de su génesis, ya sea a través de mitos o insepultas alegorías, pero desde unas claves que ahondan en la renovación formal, en la recuperación de unos procesos en los que una síntesis cromática infunde a la figuración un sentido plástico ajeno a toda solemnidad.


Su discurso es claro y definido y la vivencia estética tiene una función reveladora antes, ahora y después. Y ese significado obliga a interpretar su evolución desde dentro, seguirla y continuarla.


Su obra, de gran formato, es también otro homenaje a esta disciplina, y un esfuerzo, después de tantos años de pensar más que de apreciar y sentir, en aras a la consecución de una visión completa, dada en toda su integridad.


Han mediado varias jornadas de ausencia entre mi amigo Humberto y yo. El Malecón es un ídolo impávido ante nuestro reencuentro. Y nuestra esquina no goza de buena salud pues yace postrada en demanda de auxilio. La muerte todavía tiene estertores que ahogar, nos decimos. Y así es, seguirá esperando hasta mañana.

HUMBERTO VIÑAS

Mi amigo y artista cubano Humberto Viñas, al que le urge un destino incierto, una sed oscura y una memoria insomne, nos brinda en sus últimos óleos un viaje sensorial más acá del dodecaedro, que en el Timeo de Platón aparece identificado con el límite del cosmos.

Los ha concebido recurriendo a la mutación plástica de la imprevisible isla, introduciendo en sus entrañas el tinte azul de sus aguas y el espíritu de sus muertos, presentes y futuros, y volviéndola a construir con una geometría que si en el interior contiene una geografía de penumbras, en sus costas concita premoniciones ineludibles.

Al final, en la pintura de Humberto, se perciben oscuridades socializadas con vestigios blancos y peregrinos dentro de reductos fortificados que defienden la impenetrabilidad de la luz, los cuales nos incitan a compartir una fisonomía del desaliento que se desliza por estas telas de forma inmisericorde, pues tal es la medida de un paralelismo plástico entre arte y vida, entre silencio y comunicación, entre designio y liberación. Él así lo señala y así lo pinta.

Humberto se despide y su ausencia de varios días me dará licencia para disfrutar de la mía en las brumas del norte. Durante este tiempo nos aprovisionaremos de más dudas y preguntas pues nunca pensamos en unas respuestas que nunca nos han convencido ni podrán hacerlo. Y seremos más viejos cuando regresemos a esa esquina del Malecón, el cual nos la guarda previo peaje de nuestra sumisión aceptada.

ANTONY GORMLEY (1950)

¿Qué hacen aquí todos estos pequeños monstruos? ¿Qué nos intentan arrebatar? ¿Es un montaje visionario de lo que amenaza a nuestro futuro? ¿Qué hacemos desnudos e inmóviles, suspendidos en el techo o en posición horizontal o vertical, extrañados y desconocidos unos de otros?

El artista Gormley nos ofrece unas instalaciones en las que lo extrínseco es el marco escénico en donde transcurre la acción y lo intrínseco lo constituye la percepción del espectador para captar una experiencia de naturaleza antropomórfica, metabolizarla y a partir de ese momento confrontarla consigo mismo.
En pricipio, hay una aparente irrealidad en esta renovación de los patrones visuales imperantes, aquellos que todavía ahora sin su ayuda nos arrojan a una confusión de perspectivas carentes de pensamiento comprensible o al descarrío en parajes que desdeñamos por su caos de objetos y contenidos. Apenas nos son inteligibles y perceptibles las sensaciones que fluyen en ideogramas espaciales hasta que nos la encontramos de repente ante nosotros.


Y no es cierto, pues si ya Bernardo de Claraval criticaba los monstruos y criaturas de la fantasía en el mundo escultórico romano, preguntándose qué finalidad podía tener esa "curiosa belleza" deforme y esa bella antinaturaleza, dejaba claro que lo deforme, lo monstruoso no ha malogrado su condición de bello. Y plástico, añadiría. Por lo tanto, estas obras recuperan bajo otras premisas la dimensión estética que la Edad Media no le había negado.


Y esa recuperación, en nuestro contexto cultural, social e histórico, profundiza en la relación del hombre consigo mismo, especialmente por lo que respecta a sus referentes visuales, aquellos que emergen desde niveles de oscuridad a los que el conocimiento ha tratado de desplazar, privilegiando a los que se hacen visibles, cómodos, obedientes, pero sin que nos sirvan para un reconocimiento de realidades posibles. Son, por tanto, las imposibles las que necesitamos, las que han sido castigadas a la ambigüedad invisible pero nunca han dejado de acompañarnos.
Humberto, por culpa del apagón, ha estado pintando a oscuras toda la noche, me ha dicho. Y lo que al principio era muy difícil, al final se hizo fácil, pues fue ella la que determinó el curso del acto y de su proceso. Lo que ha dado a luz no lo sabemos pero nos dejamos llevar por la intuición. ¿Será eso un nuevo comienzo? El penúltimo adiós del Malecón nos lo anunciará.




PAUL NASH (1889-1946)

La fotografía se ha apropiado de los paisajes de guerra gracias a su inmediatez, toma directa y rapidez de trasmisión. Pero el artista británico Paul Nash, cronista en la II Segunda Guerra Mundial, ha querido que también la pintura tuviese la oportunidad de aprehender ese mundo de destrucción, de asimilarlo por medio del pigmento, de tal manera que su conformación plástica grabase en la retina del espectador una huella interior que no tuviese huida al olvido.
Son obras que eluden la función fotográfica, su misión reproductora, para recalar en la esencia pictórica de la devastación, en los tonos lúgubres de una hecatombe impensable. Crepúsculos agónicos, noches arrasadas, escombros fosilizados, adquieren gracias a la fuerza intensa de la pigmentación un impacto brutal y reflexivo a la vez, que sintetiza singularmente lo que lleva al núcleo de la representación.

Y el artista alimenta el contenido con una carga semántica que no permite la connotación accidental, efímera, que desvíe la atención de un escenario que no tiene más que una tragedia, una sola, pero que es inmensa, desoladora, implacable y sin asomo de piedad.
Humberto y yo estamos cansados de otear desde nuestra esquina del Malecón. No se divisa nada o es que ya estamos quedándonos ciegos. Y sin sustento que llevarnos a la boca, enfriamos la sed agarrándonos al muro. Las mestizas, cabizbajas, pasan y no nos miran. Acabaremos siendo invisibles, le digo.



OSKAR SCHLEMMER (1888-1943)


En su curso de la Bauhaus, el artista aleman Schlemmer enfatizaba la figura humana como principio y fin de la preocupación artística. Por eso he elegido esta escultura suya como desarrollo emblemático de esa idea, que además se presenta como la obsesión de una síntesis estilística y humanista que tiene en la configuración compacta del cuerpo la unión de tiempo, materia y creación.


Carne y huesos han quedado solidificados y geometrizados sin perder la armonía forzada por la causa aparente de un empalamiento o una crucifixión. Y las formas no invitan a un reconocimiento e identidad sino a la expurgación de lo que trata de verse pues de lo contrario el resultado plástico de la purificación emergería inconexo.


La efigie atrae la luz y las sombras como componentes intrínsecos de un ídolo que despierta nuestra memoria, como lo ha hecho con la mía, a fin de registrar un hecho tridimensional que se ha formado con una parte de nosotros, una que es como una historia de esa memoria.


El Malecón declama:

"El hombre portador de destino, condenado por el destino a la vergüenza precisamente en la fuerza de sus ojos; el hombre lleno de vergüenza y sin embargo parlante con su voz húmeda, guiada desvergonzadamente por la mandíbula, la lengua, el labio, voz portadora del aliento, voz portadora de la palabra y de la comunidad, que se abre paso desde él ruda, gorda, aduladora, amenazante, móvil y tiesa, barboteando, árida, croando, ladrando, y capaz siempre de transfigurarse en canción......"

Acercándome, le susurro a Humberto que es un impostor porque esas palabras son de Hermann Broch, ¿qué demonios pretende? ¿Dejarnos desnudos?

MARTA PALAU (1934-2022) / CONGREGACIONES DE FUEGO

La catalana PALAU, recientemente fallecida, ha estado envuelta en los orígenes de una cultura autóctona y ancestral americana que ha marcado...