Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe.
Despertar al alba con el lienzo enmudecido. ¿Qué le habré dicho para que me deje este pasajero, habitante desconocido en busca de sí mismo? Ya no hay más tiempo para más secretos en esta isla sin viento y sin remedio. Pero los versos del poeta Blas de Otero, susurrados por la mulata en esta alcoba vacía, caben en el tiempo de nacido:
El artista francés, TASLITZKY, es conocido como el pintor de Buchenwald, ya que él mismo se propuso que su obra fuese un memorial del no olvido, que tuviese la convicción y densidad con que penetra una conciencia plástica vital que habría de resumir el rigor y la cima de un sufrimiento hasta entonces desconocido.
Su capacidad para plasmar una figuración determinante, vertebrada, que fija de manera descarnada, cruel, unas realidades que desbordan la visión, es fruto de su propio sentido pictórico como apelación final, última y definitiva.
Porque incluso sus dibujos alegóricos son la consecuencia de momentos postreros que engullimos decidiéndonos, aun como espectadores, a considerarlos ámbitos remotos, hostiles, acerca de los que nos inclinamos mejor a apreciar sus aspectos turbios sin ofrecernos otras razones, ya vivimos con suficientes.
Estamos para conjugar, reunir, acopiar y no romper derivas, menos para introducir perfiles hoscos en una memoria que si no lo evitamos tiende a estirarse hasta no vislumbrar el fin o el principio.
Por consiguiente, ante una muestra delante de la que contener el aliento, encontremos salidas sin túneles, espacios abiertos, humos que no desahoguen hálitos sedientos.
Una vez más, amanece.
Pasó la guerra, pasó la enfermedad, el hambre, pasó la mano
por el muslo de Antonia y lo encontró semejante al alba,
El italiano MARIANI no tiene más convicción que recrearse y regodearse pintando como antiguamente se hacía si se había abrazado ese oficio.
Jean-Louis Pradel y Marta María Anglada afirman que parece que el último recurso de la obra de arte, a finales del siglo XX, es aproximarse como nunca a su virtualidad, o también, por cansancio o por melancolía, retornar a un hipotético oficio perdido sin tener en cuenta los abusos de confianza.
Suntuosidad, boato, magnificencia, musas en trance, erotismo, aires clásicos, cuerpos femeninos para rellenar el olvido. Voluntad de ruptura con todo el arte del siglo XX y un llamamiento para exigir un puesto, el que le corresponde, sea decadente o no, dentro de una plástica que nunca estaba para placeres hedonistas, sino para reflejar las perturbaciones, movimientos y angustias de un mundo en continuo avatar y conflicto.
Pero este artista insiste en que la sensualidad y la voluptuosidad no han perdido su carácter protagónico, son factores que evaden el riesgo y sitúan al espectador ante una perspectiva visual de delectación morosa que ha de cubrir espacios conformados por la incitación y el ensueño.
No estoy convencido de que esta representación, muy falsamente historicista, de corte canónico y salpicada de resabios y remedos, vaya mucho más allá de ser un capítulo narcisista; no obstante, es loable su vocación quebrantadora, aunque sólo sea como un pastiche o parodia, bien o no halladas, de santurronerías puristas o mojigaterías vanguardistas, modernistas o posmodernistas.
Que lo posmoderno es un abanico de prácticas basadas en lo conceptual no es nuevo. Ni tampoco que las mismas sean totalmente indiferentes a la especificidad del medio.
En el caso de FALCONER, su obra lo pone de manifiesto, como también evidencia que piensa más en el espectador, en su impresión irreflexiva inicial ante el impacto, antesala de un reparo molesto respecto a los rasgos y naturaleza de lo que está mirando.
Lo contemplado transita desde extraños tintes escatológicos como base de acercamiento propicia, hacia pesadillas que mantiene despiertas en esas formulaciones que oscilan entre una estética del asco y un lenguaje desintegrado dedicado a toda clase de cultivo.
Es entrometerse en espacios y lugares donde no hay convites, se sirven ratas de salón y se comen angustias calcinadas. Por lo tanto, esa forma de ver el arte también parte de una ontología, la que descodifica, se vuelve apestosa y emprende el delirio de atisbar lo mejor de lo peor.
La plebe quiere ser machacada a fuerza de invectivas, amenazas y revelaciones, de afirmaciones estentóreas: le gustan los bocazas (E.M.Cioran).
El artista se convertía (y se convierte) cada vez más en un manipulador de signos y símbolos........y el espectador en un lector activo de mensajes más que en un observador pasivo de la estética (Hal Foster).
Para la española LAMA el soporte es el artificio de ese manejo, que incorpora ambientes, fisonomías, pensamientos visibles, fantasías, escenarios, caligrafías que sintetizan un mundo global en un marco que le es propio por su forma constructiva.
El vocabulario visual, formulado con un colorido tamizado, que alienta un proceso de introspección sin ninguna servidumbre, invita al espectador a dejar que la mirada se pasee como un encerrado a la búsqueda de claves icónicas en atmósferas y ámbitos no clausurados todavía.
Sin llegar a ser espectros, son remedos de realidades habitadas que nos abordan; y sin tomar forma de aparecidos, confieren vida y alimentación de recuerdos premonitorios, aunque sus referencias procedan de un protocolo abierto que no tiene vocación ni intención de codificarse. Tampoco, es verdad, les hace falta.
Todo es noche profunda.
Morir es olvidar palabras, resortes, vidrio, nubes,
Se dice que en los últimos años, la ambivalencia, el espectáculo y la condición de objeto se han convertido en temáticas recurrentes dentro del arte posmoderno.
Objeto y miles de objetos, materiales, residuos, despojos a los que reciclar o con los que hacer bricolaje, restos que son extensiones del yo y su contexto, por lo que tienen, más allá de su utilidad agotada, un mensaje equivalente a su nueva forma. Las letras así lo escriben.
El francés BAQUIÉ posee la intuición para descifrar y acometer esa remodelación comunicativa mediante ensamblajes y acoplamientos, operaciones de encasillamientos y montajes. El espectáculo, por añadidura, está servido gracias a esos sirvientes despreciados y olvidados en la basura.
Por consiguiente, la liberación plástica ha tenido lugar y recupera para el espectador lo que significa crear una realidad sobre otra. Y el conocimiento de un diferente discurso sobre el final de otro. Incluso nos puede parecer paradójico que con esas ruinas se construya una estética de desechos, pero no lo es tanto si esa manifestación gravita sobre unas estructuras que saben lo que expresan, transmiten y demuestran.
Esta pintura de la española MUÑOZGARCÍA avanza primero con la tierra sujeta y condensada; nosotros, espectadores, hemos puesto nuestra mirada en otro lugar desde el que enfocarla y situarla. Pero nos equivocamos, parece como si estuviese huyendo, lo que nos obliga a acosarla y desentrañarla.
Después vuelve a buscar un retiro, necesita perspectiva, dilucidar si su transformación toma las suficientes savias y energías, por eso no nos ha quedado otra opción que acorralarla para averiguar si su verdad era auténtica. No obstante, respetamos su agotamiento y regeneración sin intentar atacarla.
Al final, consideramos que desde un escondite podíamos obtener una mejor visión y evitamos su persecución para hacer valer su fuerza. En tal sentido, esta obra hay que medirla y percibirla por su caudal sensitivo, por sus objetivos plásticos y por las vitalidades telúricas que generan durante el esfuerzo emancipador.
Son pequeños mapamundis en los que celebrar naturalezas conformadoras de silencios salvajes, de tránsitos cosmográficos, de paisajes vírgenes. Mientras la contemplación se hace a esta fisonomía terrestre, la intensidad mesurada y elucubradora fluye, se convierte en un plasma luminoso entre tinieblas.
Emplazo a las metáforas (me refiero a una cosa utilizando otra), las metonimias (utilizo un significado para aludir a otro) o las sinécdoques (la sustitución de la parte por el todo), pero me sale un contexto de signos incontrolables que se descubren y además se delatan.
Porque este quehacer visual entre tanta querella, que tiene tanto de búsquedas imaginarias con base en los significantes y significados actuales, soy yo, que aprieto los recursos a la medida de la definición y estructura caóticas que quiero.
En consecuencia, el vasco PAGOLA es un artista que hace fluir corrientes, diversidades, enlaces entre unos caracteres y otros, conexiones proclives a que los rasgos de sus obras sean más que la formación de un estilo. Y para mirar lo que hay, se sitúa como un factor de la ida y de la vuelta, explorando modos específicos que aglutinen, emitan, enriquezcan, sugieran y succionen.
Un medio determinado en este campo no es posible en su inicio, hay que concretarlo con lo indeterminado, lo que pacientemente va soltando lastre en los puntos calientes, en los que ya permiten interlocutores, diálogos y sensaciones.
Y de ser así no sé que esperamos para seguir mirando.
Las mentiras escritas con tinta nunca podrán ocultar los hechos escritos con sangre (de autor olvidado).
Bajo este mestizaje posmodernista, que ya aparece como un signo exultante de nuestro tiempo, hemos de celebrar esta diacronía del madrileño ARNAS, porque los lugares imaginarios ya no están tan vacíos como para que no haya ni fantasmas. Nos hurtamos a la nada a fin de que la contemplación de estas obras sea un modo de percibirnos con una existencia real, concreta.
En este supuesto parecería que las formas y la figuración son el simple espejo de una técnica extraordinaria, bien engrasada y rutilante, pero no es tanto eso como un planteamiento unitario y configurador con su estructura y significado, el de unas reminiscencias y referencias históricas y pictóricas que no invalidan el mundo del artista como algo nuevo, lleno de sorpresas, relatos y misterios.
La categoría cromática, sabiamente originada, hace resurgir las dimensiones icónicas de sus propios horizontes, encerrando o abriendo secuencias que gozan de la verosimilitud plástica de un entorno plasmado sobre la expresividad de su andamiaje y el aval de su indudable impronta escénica.
A partir de estas representaciones lo simbólico ha dejado de ser una pesadumbre, retorna a su fuente de luz interna y suscrita a una ficción inagotable.
Si una obra de arte o un nuevo estilo te turba, probablemente es algo bueno. Si la odias, tienes que admirarla.
Pero para la obra del español PERELLÓN no hay admiraciones que valgan, únicamente las visualizaciones de un erotismo que no antepone ninguna circunscripción excepto la de adecuar la órbita cromática a cada momento plástico.
Quizás es fruto de la actitud jubilosa del artista, que ante una civilización puta y vieja a pesar de su charla, sus sueños y sus mentiras, que cada día se vuelve más fea, él desata y suelta sus fantasías con el fin de revolver las miradas que se han quedado en el éxtasis olvidado de las yacijas ausentes.
Es evidente que no ha querido que las mediocridades nacidas en un lecho cómodo sean la costumbre duradera, al fin y al cabo todos los humanos estamos hechos de la sustancia con la que se trenzan los sueños.
Por eso, caben estas visiones entre alegorías, metáforas y ribetes oníricos para que nos posean y poseerlas, así evitamos encerrarnos que es lo mismo que enterrarnos.
No es una pintura que ocupe vacíos, simplemente los llena con unos cuerpos que son como océanos en los que sentirse náufrago y huérfano necesitado de atlantes tan irreales como auténticas.
En lugar de detenerse en la oscuridad del dolor, hay que atravesarlo con impulso para entrar en la luz de la risa (Palazzeschi).
Cierto, muy cierto, especialmente cuando la risa está formada por una coloración tropical, caribeña, que mata y besa al mismo tiempo. Dentro de esos armazones corpóreos del dominicano ULLOA se encuentran en distintas escalas y niveles infinidad de acontecimientos pictóricos que están vivos. Mientras la mirada se posa en ellos, no dejan de producirse movimientos, secuencias, oratorios, bailes, amores y odios.
No hay nada fantasmal aunque pueda parecerlo, es carne que invita, se conoce y apura emociones, sentimientos a la de hora de cantar el gallo. Su consecución material es la diversificación del pigmento, que trasvasa ese caudal de sensibilidad plástica a la representación, confiándole lo más elocuente de la gama y del concierto de protoplasmas.
Unir más bendiciones es posible pero éstas alientan sones desde el fondo isleño, hasta cuajar devociones nada más sentirlas.
¡Exclamas! Barullo en la mente, ¿estoy en el tren?
A un polaco deportado en Auschwitz y Buchenwal ya le queda muy poco a pesar de haber sobrevivido, pero ese poco es lo fundamental, ya que lo que le queda a SZAJNA es la lucha de la memoria contra el olvido. El haber entrado por las puertas de esos campos significaría haber salido por las chimeneas de los crematorios.
La conciencia del mal y la indefensión de sus víctimas es un ritual que no puede exonerar a la plástica de esa angustia de la mirada. Hay que tenerla siempre presente para que el recuerdo de esa iniquidad nunca pierda presencia, sea un pasado integrado en el presente y configurando el futuro.
Un silencio sepulcral rodea esos espacios que son recuento y dianas, gritos y agonías, maneras terribles de extinción y barbarie. Con la piedad también ha desaparecido el sentido humanitario de la vida.
Estas obras deberían ser colocadas en el lugar de los otros altares y retablos o junto con ellos, pues son más auténticos y les sobran cálices en los que beber la sangre ya quemada y consagrada.
Escribió José Viñuales que el arte no ha hecho más que elevar a categoría la anécdota diaria de la vida y el pensamiento contemporáneos. Sin embargo, es y no es suficiente, pues los acontecimientos se suceden a gran velocidad, las formas como las percibimos también y el apropiarnos de sus existencias y materias más todavía.
Y la reducción a clasificaciones, ordenaciones y calificativos no resultan demasiado interesantes para entender la obra de arte, especialmente si se proyectan como estelas o monolitos, o naves o asteroides, en el espacio más allá de su confín. Es el sentimiento el que informa de lo que podría ser, ante nuestra mirada, una naturaleza volátil hecha de lanzamientos, propulsiones, impulsos hacia lo remoto.
Al noruego HAUKELAND seguro que le han pedido que sus esculturas hagan de puente y acercamiento, de filigrana piramidal, de incubación estelar, de transferencias imaginativas con que otear otras dimensiones.
Hay una poderosa consistencia cósmica en ese acero brillante, aéreo, que destila una pasión por alcanzar desde su hilada construcción un paradigma que nos detengamos a sondear bajo la luz. Quizás pudiésemos idear despegues o cabrían otras posibilidades de intensificar lo pensado. ¡Quién sabe!