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28 de abril de 2008

AURA


Mi regreso de las brumas del norte trae nuevas sombras con las que esconder lo que no tiene nombre.


El que no se esconde es este joven pintor chileno, Axel Lovengreen, el que a través de esta tela y de toda su obra, busca desesperadamente cubrir la total superficie para huir del vacío, para que haya una sed de infinito que lo envuelva continuamente.


Él quiere que haya mucho que mirar, quizás demasiado, por eso transforma esa formulación cromática en signos de un destino que intenta explicar desde presupuestos netamente plásticos.


La trama nos envuelve en su torbellino por su condición de ser esencialmente óptica, no hay ningún otro orden de referencia, pues no se necesita para que esa pesadilla, a la manera de los "drippings" de Pollock, quede fijada en el espacio.


El gesto es lo que delata esa lucha del pintor consigo mismo, visualiza un destello para ocultarla cuanto antes, y en ese atisbo se perciben los esfuerzos, los movimientos, las dudas y las indecisiones. La frondosidad de los colores avivan las fuerzas y convierten los acontecimientos.


Mi amigo Humberto y yo hace días que no nos vemos y cuando nos encontramos apaciguamos una búsqueda que no da frutos por separado. Nos asomamos al malecón en esta noche de desvelo y contribuimos con nuestro silencio a que las negras sirenas calmen sus ansias de hombre.

18 de abril de 2008

MADONNA


A partir de hoy y durante una semana me abstraeré de todo lo mediato para guiarme en lo inmediato, en lo que se hace imperiosa exigencia en una comarca donde las brumas del norte no permiten otro naufragio que un exterminio sin más testamento que una última blasfemia.


Mientras tanto, os dejo en compañía de esta figura de mi amigo Humberto, que es su antítesis: orden de líneas y planos, coherencia formal, sus arabescos, sus símbolos, su armonía cromática, su gran plasticidad; valores formales, en suma, a través de los cuales llega a verse la majestuosidad de una madonna que en su perspectiva frontal cobra una dimensión renacentista y por su configuración en prisma una derivación trópicocubista.


Pero también caben otras aproximaciones, sin lugar a dudas, y otras apreciaciones, por descontado más atinadas, lo cual no obsta para que podamos admirar su belleza, que incluso tiene algún ribete clásico.


Voy a echar de menos nuestra esquina del malecón durante estos días, sus brisas y murmullos, las pieles morenas con que está purificado y construido, nuestros monólogos y soliloquios sobre lo efímero de una vida dedicada al arte, los aciertos y fracasos, el consuelo de un ron que al principio sabe a luz y después filtra la penumbra.


Hasta un siempre que es mañana.


16 de abril de 2008

MIJAIL VRUBEL


El tema de este cuadro, "El demonio", del pintor simbolista ruso Mijail Vrubel (1856-1910), le obsesionó toda su vida.


La personificación de una bella criatura luciferina como un ser andrógino encarna la ambivalencia que todo hermafrodita representa. Y es un dualismo -bien y mal, masculino y femenino, cielo e infierno, luz y sombra, etc.- que íntimamente nos persigue en nuestra andadura existencial. Él mismo, aparentemente, sentía con tanta intensidad tal binomio que la única forma de tenerlo ante su vista era pintarlo.


Consecuencia de ello, es su legado de un rostro impenetrable, rencoroso, con mirada de odio en un cuerpo de mortal belleza sobre esas alas de pavo real rotas que simbolizan su degradación y expulsión de un presunto imaginario que ya no nos conforta porque hemos perdido la fe en una historia no irredenta.


Vrubel vivió loco y ciego durante los últimos años de su vida y puede decirse que él mismo se la quitó al exponerse desnudo al mortífero frío siberiano del invierno. Murió poco después de neumonía.


Nosotros, mi amigo Humberto y yo, padecemos de otro modo esa angustia, pero la sobrellevamos a través de visiones que entre el ron y ultratumbas llevan a fronteras en que el sueño dibuja un malecón candente de diosas mestizas concediéndote favores de caricias interminables. Mas nunca arriba esa quimera a esta esquina del malecón, por lo que seguimos viviendo condenados a este dueto de poca luz y mucha sombra.

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15 de abril de 2008

MUTILADOS


Estas criatura fetos del pintor argentino Federico Taboada son perfiles y contornos de una estética que abomina de lo idealizado, de lo embellecido, incluso de lo sublimado.


Deformes, incompletos, mutilados, habitan zulos cerrados debajo de nuestros pies y viven ahí porque son la conciencia de nuestra condición destructora y defecadora. Condición que estamos obligados a visualizar para no perderla de vista, que es lo que Taboada, desde patrones baconianos pero con indudable brío plástico y funcional, hace al situarnos esta obra ante la mirada.


Y es que ese ámbito de desmesura nos produce angustia, rechazo, hasta momentos de alucinación o enajenación. Ya Cioran, el filósofo, nos dijo que somos "dóciles a la maldición, no existimos más que en tanto que sufrimos y sólo la voluptuosidad del sufrimiento convierte a la existencia en destino".


Es decir, estamos ante un sistema de referencias irracionales anclado en una sociedad y un tiempo determinados, en una realidad contaminada por nuestra indignidad y miseria.


El vendaval amenazaba a La Habana y el malecón gemía. Sus habitantes lo habían dejado solo y nosotros, Humberto y yo, no nos pudimos acercar a fortalecer su ánimo con tragos de ron. Regresamos a un taller que se trocaba zulo cuando llegábamos empapados de infortunio.


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14 de abril de 2008

PARAÍSO


Ya sentíamos el aliento del crepúsculo cuando mi amigo Humberto, conmigo de asistente manual, daba las últimas pinceladas a este lienzo investido de decadencia.


Habíamos hablado de un paraíso y de cómo volver a él; y entonces se le ocurrió esta creación de formas cinceladoras de unas carnes rebosantes, abundantes y dadivosas a lo vertical y a lo horizontal, embutidas en unos cuerpos esplendorosos y ávidos de goce.


El ave nos procuraría el instrumento del conocimiento para inmolarnos en este festín de sensualidad que ilumina una penumbra profética, que no nos trae más que ecos de una tierra perdida y en trance de desaparición.


Si el ocaso fuese la disipación en ese elíseo durante toda la eternidad, mi amigo Humberto y yo formaríamos parte también de esa plasmación del éxtasis plástico, ni hablar de quedarnos fuera.


Sin embargo, expulsados del edén seguimos, borrachos de imaginación y enfermos de fantasía. Tan rotos estamos que ni siquiera el malecón nos habla, nos hace reposar en la niebla y el olor del ron. Y de nuevo nos cubrimos con la máscara de una penumbra que nos tiene presos de por vida.




MASCARADA


Siempre que veo una mascarada, como ésta de Ensor u otra de Gutiérrez Solana, me deja fascinado la eficacia en el uso de unos recursos estilísticos con los que estos artistas obtienen esa estética de la crueldad.


El pintor, muy astutamente, ha sabido percibir la plasticidad de un tótem que gracias al secreto de la expresividad de que hace gala, consigue que la representación agote todas sus posibilidades.


Y tan es así, que la máscara por sí misma se convierte en persona que sabe reír, gesticular, bromear, aunque nuestra mirada, desvelada la incógnita, observa en sus rostros la podredumbre que la muerte al final nos depara. Por eso, necesitamos que nosotros seamos esas máscaras para engañarnos durante ese breve camino desde el despertar hasta la putrefacción. Un descendimiento -ese mortal signo cristiano- que no nos ahorra sufrimiento aunque nos agarremos al gozo desesperadamente.


Hoy el malecón nos saluda con un grito metafísico de presagio: la Venus del Caribe hará una visita y bendecirá a todos los moradores de este rincón marino. Mi amigo Humberto y yo, sin máscaras que nos oculten, recogimos la botella de ron y nos encaminamos fuera de esta frontera que con tal llegada se transformaría en un priorato de azabache y negrura. Nosotros deseábamos unas horas de luz que alumbrasen la pintura del crepúsculo.

10 de abril de 2008

EL TALISMAN


Una famosa tapa de puros fue en su día el faro de una nueva concepción plástica.


La historia parte de aquel grupo de pintores que alrededor de Gauguin se reunían en el pueblecito de Pont-Avent de la Bretaña francesa para, al hilo de su magisterio, abordar nuevas experiencias pictóricas.


Uno de ellos, Paul Sérusier, le pidió pasar una mañana pintando junto a él. En el transcurso de la misma tuvo lugar este diálogo:


"¿Cómo ve este árbol? ¿Es realmente verde?, le preguntó Gauguin. Entonces ponga verde, el verde más bonito de su paleta.


¿Y esa sombra es un poco azul? No tenga miedo de pintarla tan azul como sea posible".


Al volver a París, Paul les enseñó a sus amigos la caja, "en la cual se podía adivinar un paisaje sin forma, sintéticamente expresado en violeta, bermellón, verde veronés y otros colores puros, tales como habían salido del tubo, sin mezcla casi de blanco" (Maurice Denis).


Así se gestó este pequeño paisaje al que le fue puesto el título de "El talismán".


Mi amigo Humberto concilió el fondo de esta historia con él mismo y huyó hacia una materia en que hubiese tanta vitalidad como color. Cuando lo alcancé estaba todavía en blanco pero la sangre ya empezaba a empapar el lienzo. No encontré otro rojo más auténtico, me dijo. Y amparado en la penumbra comenzó a pintar escribiendo.

9 de abril de 2008

INCAPACIDAD


Yo nunca sé ver un cuadro, sólo lo percibo gracias a la intuición de una mirada que busca insistentemente las señales que se supone que debe emitir. Cuando las encuentro, considero que he de acentuar el conocimiento, examinar cuál es la concepción que me sirve en esa mutua interrelación.

Estos lienzos de mi amigo, el pintor cubano Humberto Viñas, constituyen una realidad que quiere explayarse con lo visible desde lo abstracto invisible de lo musical: unas mujeres fornidas desnudas que con su violonchelo inundan de notas melancólicas un malecón silencioso que estuviese aguardando una muerte largamente anunciada.




  • Y hacen posible lo imposible: una transfiguración que nos permite verlas a nuestro lado, tocar su piel, acariciar su cuerpo, besar sus diminutos senos. Lo peor fue que tanta belleza se diluyó cuando, a traición, llegaron las sombras y los sones melodiosos retornaron a su naturaleza original de sonidos vibrantes.
  • Ya en el taller, insistí en que mi mano condujese la suya y no al revés; tenía derecho, después de tantas telas coloreadas, a pintar sabiendo, por fin, ver. Pero no fue posible; él, ante mi impotencia, retomó la dirección y, como gran demiurgo de penumbras que era, ordenó siluetas, formas, líneas. La gran mancha rojo de fondo -la quiero llamar así- anegaba de llamas un icono musical dedicado a Eros (el rito dionisiaco del cuerpo por delante de la cabeza). El blanco rosado de la carne se consumía en ese incendio y los cuerpos se movían a la captura de ese éxtasis sinfónico magistral.
  • Al llegar el alba se nos había acabado el ron y no sabíamos si había sido una revelación o fruto de un anhelo que nunca habíamos dejado de perseguir. Pero no, allí estaban y allí las dejamos que siguieran pulsando un aria que se prolongase en esa eternidad sin horas que a mi amigo Humberto y a mí nos está alcanzando.