RUDOLF POLANSZKY (1951) / TODOS LOS DÍAS HAY ALGO NUEVO
Decía Paul Heyse que toda invención artística se activa en un estado de excitación inconsciente misterioso, muy próximo al estado de ensueño propiamente dicho.

En el caso del austríaco POLANSZKY, tal estado le ha encaminado al ensamblaje de distintas materias y sustancias en el soporte con el fin de transportarnos a muros que guardan sus huellas, sus orígenes desde hace mucho tiempo.

Su construcción plástica no deja de ser caótica y desordenada hasta cierto punto, pues es el medio de que visualmente percibamos sus rupturas y cosidos como restos de un mundo que nos concierne.

La tragedia, la sangre, el odio y la miseria es lo que más nos define como humanidad perdida.
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