Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe.
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20 de septiembre de 2009
REINALDO MARTÍNEZ CAMPILLO (1968)
Lo isleño por su dimensión limitada es como un jeroglífico plástico que debe ser desentrañado sin que el conjunto de los símbolos vayan más allá de la propia percepción del espectador para que éste perfile, ordene, vislumbre y sondee.
El joven artista cubano Campillo ha adquirido el talento pictórico para plasmar lo que en términos del ahora es un planimetría del paisaje y el terreno urbano en el que acontece una filosofía de la existencia entre luz y oscuridad. Los planos cromáticos a media luz delimitan contornos de sucesos y emociones sobre el vivir y su propia sombra, ésa que no aparece abandonar y renunciar nunca.
Y por el contrario esa depuración de la ciudad adquiere el virtuosismo que se engrana en parajes que con su distinta tonalidad se identifican dentro de una geografía que no permite que queden opacadas, que hagan de la pictoricidad su forma de ser y su circunstancia. Ésa ha sido la voluntad insoslayable del autor.
No cabe duda de que es una obra de tiempos y espacios que se sienten y se habitan, que aglutinan sensaciones y evocan ecos de nuestro presente, con experiencias que aprendemos a entender con otra mirada, y que además la luz es una pátina real entre tanta densidad de crepúsculos metafóricos que reclaman el acervo del ver de antaño. Tiene la capacidad para encontrar el modo de llegar a contemplar lo cercano con tantos ojos como podamos abrir.
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