Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe.
Hoy me ha enviado una amistosa misiva el artista argentino Gonzalo Duport y siendo un domingo en el que te has levantado con el ánimo infectado por la apatía y el desánimo, te vuelves a encontrar con su obra y te conmueve cómo el pintor ha clavado sus manos en ella, buscando la única forma de objetivarse y encontrarse a sí mismo. Pero también hace que converja en nosotros, nos ubique y emplace en esa contemplación.
Sin embargo, no trata de conectarse con nuestra intimidad a través de la suya ni incitar al surgimiento de alusiones que rememoren, sino de imponer la integridad expresiva de su trabajo, asimilarlo y comprenderlo desde su propia vivencia, enlazando esencia y plasticidad desde el conducto de su pensamiento.
Así llegamos a su propio mundo, con su fatalismo, con sus limitaciones y obsesiones, en el que lucha con la gran dificultad de reconocerse dentro de ellas -de ahí sus innumerables retratos y autorretratos- para que esos relieves corpóreos, esos rasgos cromáticos conformen una pintura irreductible en que el ser sea esa exteriorización que como espectadores necesitamos y requerimos.
Desde luego, hablo desde una intuición de la que está por encima de todo la visión y sobre ella, más allá de ella y con ella está la experiencia intransferible de un fenómeno que es pura y esencial visibilidad. Y en este caso la fascinación de la emoción que nos depara se convierte en el instrumento que propone para conocer el sentimiento que genera.
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