Sus poderosas manchas y estratos, tegumentos airados pero devotos, son la exudación de las irradiaciones y emanaciones de unos cuerpos que han quedado imposibilitados para reflejar su propia densidad plástica. El artista ya había presentido tal fenómeno de descomposición y se había adelantado a él dejándolo al desnudo, procurando que cohabite a través de su propio dramatismo.
Por eso, esta obra abstracta, que tiene un pasado inevitable del que ha bebido necesariamente, construye su singular sintonía mediante la defensa de lo exhalado y su confrontación agresiva con lo exterior que se le quiere imponer, para lo cual trastoca el orden impulsando su lenguaje hasta la percepción de la locura.
Pintura viva por las percepciones a que da lugar, está en un movimiento continuado, irreflexivo, instintivo, que no abandona ningún hallazgo después de aromatizarlo y canonizarlo.
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