Lacan afirmó que tiene poco sentido preguntar por la intencionalidad de una obra de arte como si fuera algo distinto y separado de ella en sí misma.
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El franco-senegalés DIOP no se pregunta sino que relata plásticamente la memoria fragmentada y unida de los hechos que forman parte de su obra.

Es como un mural que quiere abarcar todo el espectro pictórico y agónico de un lenguaje que en su figuración y cromatismo conforma una realidad todavía viva y dolorosa.

El arte provoca e intensifica nuestro potencial de imaginación.
Se dice que la recreación estética de la obra de arte no depende únicamente de la sensibilidad nativa y del adriestamiento visual del espectador, sino también de su propio bagaje cultural.

El americano HOUGTON HOWARD asumió el vértigo desde un inicio bisoño hasta la consecución propia de una plástica que bebía en las fuentes de su tiempo y las sobrepasaba.

Su pintura, tan ensayada y pensada, tiene la magnitud de un universo cuya pasión es reconstruirse una y otra vez desde unas bases en las que los significados se conjugan entre lo onírico y lo surreal.

En lo real siempre se encuentran riquísimas e imprevisibles facetas.
Si hacemos caso a Lacan en lo de que el artista es producto de un contexto y viceversa, la obra del sigapurense multidisciplinar KUNING ofrecería todas las claves de interpretación.

Pero si nos adentramos más allá de ese problemático axioma, podríamos percibir que en sus planeamientos se cruzan muchas sensibilidades visuales.

No es fácil dejarse llevar por la mirada sin una actividad y participación decisiva de una divagación mental que haga accesible su núcleo estético a nuestra detección.

Sobre la superficie de la esencialidad podemos leer nuestras propias experiencias y emociones: nuestras sombras, nuestros sueños, nuestras nadas, pues sigue intacta la libertad para ver, sentir y esperar.
Los paisajes del italiano TEALDI obedecen al deseo de estar plasmados como evocaciones fantasmales y misteriosos cuya percepción nos induce a penetrar en otra vitalidad.

Pero también como el aliento de una melancolía que padecen entre el ansia de ser y el dejar de serlo, el difuminarse como el logro de un sueño cuyo despertar ya no tiene espíritu.

Al mismo tiempo, el artista recupera unn sentido histórico de la pintura, de su significado y dimensión a los largo del tiempo y del espacio como una fuente de vivencias que nunca desaparecen.

El arte es una lucha contra el tiempo y un gesto contra la muerte.
¿Hay en el artista una escisión entre el sentido de sí mismo y un sentido de su existencia dentro del entramado simbólico de la cultura de la que forma parte?
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El japonés SUGAWARA se encierra en la naturaleza que le rodea por todas partes en su medio para llevar a cabo una obra que muestre la síntesis de materia y espíritu.

Al final, en esas piezas, cuyas nervaturas, tejidos y estructuras venosas, conformadas con un cromatismo que evoca su origen geológico, telúrico, téctonico, el acto final culmina y la metamorfosis está creada.

El malecón habanero no habla ni transmite, únicamente sentencia: llegará un día que saldrán huevos de debajo de las piedras.
El chino CHOW basa su obra en experiencias visuales que impactan y nos invitan con su arrebato a a una percepción distinta y penetrante.

Hay una amalgama caótica que en cada momento adquiere unas ansias ontológicas distintas sobre unos fundamentos de ensayos cromáticos densos, saturados, goteantes, vertiginosos, explosivos, que no aceptan más oscuridad que su propio brillo.

Es un sentimiento plástico híbrido que cimentado en la espiritualidad oriental rebosa de un magma occidental de desconciertos y divisiones.

¿Se puede elevar la experiencia a un nuevo nivel de abstracción?
Dice Worringer que el afán de proyección sentimental y el afán de abstracción son los dos polos de la sensibilidad artística del ser humano, en cuanto ésta es accesible a la valoración estética.

El cubano CAMEJO, en su obra, asume esa voluntad creativa con toda la proyección de su sabiduría e intuición, logrando con sus pinturas unas vicisitudes cromáticas fulgurantes que evocan el sentir de nuestra percepción.

Capas y texturas que son una introspección muy elaborada de superficies que están fijadas en la mente del creador, que son su inspiración vital y resolutiva.

El artista ve, en su universo de lucidez, el mundo como algo nuevo, lleno de misterios y sorpresas.
Un artista que se convierte en un explorador de formas, texturas, colores y objetos no es sólo un investigador visual, sino un creador que mantiene una búsqueda incesante por materializar experiencias y percepciones.
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Ese es el cubano REDRUELLO, en cuya obra late un mundo iluminado y escalonado, fertilizando una superficie en la que tal génesis es posible e inaudita.

Su resplandeciente sentido cromático es un relato de sugerencias y caligrafías sensoriales que hacen que la mirada quede desnudada ante sus misterios y sorpresas, ante el fulgor de un secreto lenguaje que al mismo tiempo que transmite evoca.

Hay una emotividad de los objetos marcados por la vida.
Ante la obra del húngaro CSATO -que estuvo obligado a hacerle un retrato a Stalin con él sentado enfrente cuando estaba en un campo de trabajo- podríamos asegurar que somos reflexivos, conscientes, cultos y simbólicos.

Y afirmar que su concepción plástica es una ideación que conforma una naturaleza geométrica libre que ha encontrado su forma y color.

Así es como nos encontramos como espectadores ante las infinitas posibilidades y manifestaciones de una nueva dimensión propia de espacio y tiempo.

El arte es todo lo un artista decide que lo es. ¿Y quién decide que uno es artista?
En la obra del uruguayo PÁEZ hay una concreción interpretativa de un significado que se conjuga con la polivalencia de símbolos destinados a a la estratificación de los sentidos.

Son las vicisitudes de unas criaturas que pueblan un imaginario remoto que al conocerlo a través de la pintura del artista nos acerca a nuestros arcanos más recónditos.
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Son hallazgos plásticos y oníricos que expresan secretos guardados y olvidados que él renueva y vivifica, los presenta como antecesores y guardianes de un misterio que nunca ha desaparecido.
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Alguien se cre que en los manuales de arte del año 2105 todos los artistas serán una simple nota a pie de página, excepto Pollock, Warhol, Judd y Hirst.
Los rostros del argentino Fernández Caeiro reflejan la fuerza y el sentimiento de la forma como símbolos de carne amedrentada en un mundo amenazante.

La intuición del artista son sueños despiertos de un esplendor plástico capaz de revelarnos la brutalidad espiritual que anida en el ser humano.

No hablamos de fealdad sino de una realidad existencial buscada y hallada, de transmitir una visión que plasma con el fin de salvar lo que hay que transformar en vivir con el fatal trance hasta morir.

Se puede concebir al individuo como una expresión mediada o como un espacio interior anímico.
La americana SHANTI, en su obra, quiere abarcar todos los fenómenos aunque constituyan una zona infinitamente mayor que la que puede ser controlada por sus sentidos.

Así y todo satura el espacio de unas sensaciones cromáticas delicadas que se entrelazan armónicamente y que son el resultado de una suma que se ha hecho forma y que el intelecto define como un mar plástico y panteísta.

Las sutiles tonalidades y capas pictóricas configuran técnicamente una representación que es un soporte existencial para una contemplación con la que nutrir el sentimiento de vida.

Los artistas siempre entran en conflicto con su obra, tardan en asumirla, no le encuentran un escenario propio ni fuera ni dentro. Al final hay una reconciliación no por prevista menos deseada, pues en ella reside la pasión. Luego será esa misma pasión la que resurja al mirar y pensar.
El abstracto del alemán ZEIDLER está saturado de una sensaciones que se filtran de cara a la consecución de una mirada activa y abierta en el espectador.

Lo que se materializa en unas turbulencias cromáticas ejecutadas en capas y tonalidades que sustentan unos significados articulados sobre la base de sus efectos expansivos y refulgentes.

Sus obras, no cabe duda, denotan el vigor de unas estructuras texturizadas que se alimentan a si mismas, que saben como solazarse en sus dominios y sembrar de luz el cosmos.

La pretendida comprensión profunda de la situación se deja en las manos de teóricos especuladores y de sus compinches.