Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe.
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23 de septiembre de 2012
JULIO CÉSAR BELMONT / HE TENIDO QUE ENGRILLARLOS
Le debía este reencuentro al mexicano BELMONT, entre otras cosas, porque me sirve de refugio ante los desfiles de desconcierto, de indecisión, ante los umbrales que no se quieren atravesar por si destiñen. Su obra nos remite a un sueño muy personal que da luz a las sombras y, como buen azteca, a la razón de la muerte, que cada día nos acoge peor y con menos ganas. Élla quiere otro sustento y armonía, seguramente por haber sabido asimilar obras como la de este artista.
En su nuevo quehacer los correlatos recurrentes y oníricos son un rompecabezas de zoo, fauna salvaje, desnudos, calaveras, vírgenes y pipas. Y todavía hay más, y son más los extraños vislumbres que se adivinan detrás de ellos y que cada espectador adaptará a su íntimo e intransferible bestiario.
Lo que mejor se enmarca, dentro de esta fantástica visión, es la dimensión específica de cada uno de los elementos, como si establecieran una jerarquía de opciones de significantes en función de su desmedida visualidad, en línea con sus correspondientes metáforicos significados, que desnudos -cada uno que los vista como quiera- de la parsimonia conceptual se ven con más claridad.
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