Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe.
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24 de octubre de 2011
JESÚS ZURITA (1974) / TROPIEZOS INESPERADOS
Se teorizó sobre eso de que los signos funcionan con mayor fuerza cuanto menos comprendidos son. Cuando se identifican, se agotan. Y entonces vuelta a empezar, a ocupar nadas presentidas en el plano, encarnarlas y significarlas.
Esa es la alucinación controlada del ceutí ZURITA, que tiene, con evocación modernista sopesada o no, una ensoñación del conocimiento pictórico, el mismo que trabaja en el soporte, en la tela o en la madera con la esperanza de que algo importante se manifieste (Baziotes).
Y sí, en esta obra se ha expresado y exteriorizado con donosura, incluso con elocuencia, mediante la enunciación de flujos, formas, pigmentos entre lo onírico y lo vegetal, lo incógnito y lo telúrico. Si hay más, probablemente llegará con idéntica oratoria de amor diurno y perpetuo.
La vertebración, aunque se resista y lo niegue, se alinea como una cartografía de vasos comunicantes, en tanto que la fisonomía de lo que ha tomado cuerpo, es y aparece como un don visual que nos proporciona la consumación plástica necesaria.
Abrevar en ella, en su desarrollo, en su escenario, que no acaba en el propio marco porque es como un árbol de luminosas raíces, constituye la señal más segura de un acuerdo entre enfoques y ficciones, entre ópticas y visiones que nacen cada día.
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